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Montefiore
Recuerdo
como empezó esto. Con mi viejo, mostrándome su pasado. Saqué
algunas fotografías, y eso fue todo. O tal vez no. Porque después
de algunos años - y de su ausencia - volví. Volví
y recorrí la escuela N° 11 y el salón de fiestas de
la Colonia Montefiore. La primera se encontraba remodelada, en cambio
el salón estaba maltratado por el tiempo. Viví el pasado
de mi padre - que se transformaba en el mío -, el pasado de varios
habitantes de aquellos lugares, y en definitiva la historia de Rivera.
Si algo me dejaron los festejos del Centenario, más allá
del disfrute de la ocasión, es lo gratificante y significativo
que es rescatar la historia, para así poder trascenderla. Desde
esas visitas, definitivamente algo quedó. Compartí mi inquietud,
y de ahí en más fue una cadena de llamados y encuentros
con ex alumnos de la escuela y con ex y actuales residentes de esos campos.
La intención de restaurar el salón Montefiore tuvo eco en
cada uno de los avisados. Nos reunimos, y acordamos que la remodelación
del edificio se lleve adelante con donaciones, y con nuestro propio trabajo.
Las reuniones, en la mismísima escuela, son mensuales, pero las
emociones, los recuerdos y evocaciones son cotidianos... y de eso se trata.
La intención de estas palabras es dar a conocer la movilización
que existe, para que se sumen más personas relacionadas a la Colonia;
y la escritura en primera persona se debe a que ésta es mi historia
con el salón, y que sería hermoso conocer otras, seguramente
de aquellos años, en los cuales el maestro Pezzati mandaba al rincón
a algún desobediente...
José
Luis Dujovne - Hijo de Mario E. Dujovne y Lidia Marek -
P.D.: Por honrarte,
andaré tus caminos.
Memorias
de 90 años
Capital
Federal 28 de junio de 2005
Con fecha 12 de junio de 2005, en el diario Clarín, tuve la gran
alegría de poder leer un artículo que hablaba de la tierra
de los pioneros del pueblo de Rivera al cual pertenecí durante
11 años como maestra de la Escuela Nacional.
En ese entonces, tenía 23 años, era un ambiente muy familiar
al que me adapté muy fácilmente, pero ahora al recordar
muchos de los moradores de ese entonces, como lo confirman algunas de
las fotos que envío y a lo cual mi memoria de los “90”
años que tengo en la actualidad los olvidé, recordé
que Rivera fue en un tiempo mi segunda casa.
Recuerdo algunos que positivamente ya no están, como ser Pilar
y Carmen Berisso, fallecidas, maestras de la Escuela Nacional; Raúl
Ordóñez, casado con una lugareña; Yria Berutto, directora
que tuve, una excelente mujer con todas las letras, compañera y
amiga de las docentes a su cargo; Leonilda Lespada, oriunda de Luján;
las hermanas Dallo, etc.
¿Existen aún el salón con los palcos en el cual todos
los sábados se realizaban bailes a beneficio de las 8 sociedades
que había? Si habré bailado... hasta representé una
comedia teatral dirigida por un Sr. del cual no recuerdo el nombre: “El
señor Maestro” se llamaba, la tuvo que repetir 3 veces porque
la pedían de los pueblos de los alrededores.
Recuerdo las caminatas por la estación a las 19:00 hs. cuando llegaba
el tren de Bahía Blanca hacia Bs. As., las vueltas a la plaza en
primavera, porque los 15° bajo cero del invierno servían para
tomar mate con los amigos y a nosotras para volar a Bs. As., para reencontrarnos
con nuestros familiares que a pesar de todo extrañábamos.
Cinco maestras, dos Berisso, Lespada, Beunza y yo conseguimos una casita
con “baño” que no era muy común, en la terminación
del pueblo, frente a la Escuela Provincial y cerca del hospital.
Los hijos de los estancieros, algunos con los cuales habíamos hecho
amistad, nos venían a buscar y hacíamos grandes paseos a
caballo en medio de los médanos.
Había dos cines en los cuales los domingos se daban películas,
teníamos dos médicos Dr. Glik y Sonemberg y un hospital,
farmacia, tiendas, cancha de tenis, etc.
Por un momento al rememorar esos tiempos me sentí muy feliz y ahora
“más” al saber que a pesar de tantas ausencias mi “Rivera”
ha mejorado tanto.
No quiero robarles más tiempo, por lo tanto me despido con un gran
abrazo que abarque a todos los pobladores de mi lejana “Rivera”,
a la que tanto quiero.
Saludo Atte
Angélica de la Riva de Geviossi - Rivera
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Mi Rivera
El relato de
Sito Goldin despertó en mí muchos recuerdos, mucha nostalgia…
Cuesta creer que los escasos diez años que viví en Rivera,
donde nací, hayan dejado huellas tan profundas en mi memoria. Lo
acompañé a Sito en su recorrido, casa por casa, cuadra por
cuadra, reviviendo mi infancia.
Volví a escuchar
“al viejo” Tendler (lo llamábamos así para diferenciarlo
de sus hijos, que eran “los muchachos” Tendler), voceando
su mercadería: “FISH HERINGLEJ, ZVANTZEK ZENT…”
Entre tantos artesanos
judíos mencionados por Sito me acordé de Don Honorio (que
como denota su nombre no pertencía a la colectividad), que fabricaba
baldosas y macetas. Y en el mismo ramo, la fábrica de ladrillos
pertenecía a Jersonsky, quedaba fuera del pueblo, pasando la usina,
camino del cementerio.
Cuando mi familia
abandonó Rivera –1948- todavía no existía la
escuela secundaria, que trajo aparejada una vida cultural muy intensa.
Quiero contarles que en la década del 40 teníamos en Rivera
representaciones teatrales en castellano –dirigidas por León
Karabelnicoff- y en ídish, dirigidas por Slutzky, el hojalatero.
La llegada de Shatzky,
que reemplazó a Resnik en la farmacia, trajo a Rivera innovaciones
culturales: hasta entonces nadie había escuchado la palabra “arqueología”
en el pueblo, y hete aquí que este señor nos trajo noticias
de un gliptodonte(?) descubierto por él en una de sus expediciones
en la zona. Todo el pueblo hablaba de ese esqueleto, que al parecer tuvo
amplia repercusión en el mundo científico.
Shatzky introdujo
también la música clásica, en conciertos explicados
al aire libre, en noches de verano, en la pista del Centro Cultural Israelita.
Allí escuché por primera vez la Scherezade de Rimsky Korsakov
y cada vez que vuelvo a escucharla afloran los recuerdos de esa noches
encantadas.
Y siguiendo con cultura:
las librerías de Freidin y Guiller traían clásicos
de la literatura universal. En esa época se acostumbraba regalar
libros para los cumpleaños y conservamos hasta ahora Teatro de
Goethe, de Schiller, Poesías de Gabriela Mistral, Cuentos de Hadas
japoneses.
La biblioteca merece
un capítulo aparte. Una de las primeras instituciones creadas en
el pueblo, muy bien provista. Tenía una salita anexa donde se jugaba
al ajedrez y cada tanto se realizaban campeonatos con la participación
de “estrellas” de Buenos Aires como Julio Bolbochán,
que se medían con las fuerzas locales representadas por el “Flaco”
Shamshanovsky y Levkovich (el contador de Granjeros Unidos).
En la imprenta de
Silberman se impimía un periódico –“La Voz Local”-
empresa digna de elogio considerando la cantidad de habitantes existente.
Y como algo curioso: en esa imprenta de Silberman atendía cada
tanto un oculista que llegaba de Buenos Aires, el Dr. Bolbochán.
Entre las maestras
que mi hermano Samy y yo recordamos con devoción se cuentan: Ena
Mosqueda, Angélica de la Riva, Elisa Kaplún, Ema Beúnza,
Alita Gabilondo de Aguilar, Pilar Berisso, Tasi Cejpek, Rosita Safián,
Dalia Segal. Yankelevich no fue maestro nuestro, pero lo recordamos porque
era famoso por su puntería cuando tiraba tizas con un papirotazo
a los alumnos que alborotaban.
El viejo Bab era
un personaje pintoresco, al parecer muy culto, sé que mi padre
lo apreciaba mucho.
Invito a quien pueda
ampliar, mejorar y corregir lo expuesto, que así lo haga, con la
seguridad de que todos los “memoriosos” estaremos muy contentos
de leerlo.
Susy Abrashkin de
Guler
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SPRICH MIR VATI (hablame papá)
La caravana tenía previsto salir del campo en Canónigo Gorriti
temprano para llegar a Rivera antes de la puesta del sol, el trayecto
de 30 kilometros demoraría unas cinco o seis horas.
En dos chatas rusas y un sulky don Adolf Zander de 45 años se mudaba
del campo donde se desempeñaba como encargado, a la chacra que
había comprado en Riveraa a don…. Rifkin
Viendo que se demoraba la carga de los carros, Adolf completó la
chata rusa de su hijo Paul de 17 años y lo envió a Rivera
con su esposa Edmunde de 36 , la hija mayor Hildegar de 15 y la más
pequeña Gerda de 7 años.
Allí prepararían la cena para cuando llegara el resto de
la familia.
En la chata siguiente viajaría Adolf y cerraba la marcha el sulky
conducido por Margarethe de 12 años.
El padre estaba preocupado, se había hecho tarde, el camino estaba
en malas condiciones y el cielo estaba cargado de nubes cuando cerró
la tranquera del campo y dirigió su carro al camino.
Pronto el traqueteo de la huella lo ensimismó en sus pensamientos.
Atrás muy lejos quedaba Altsarnow su aldea de Pommerania, donde
había conocido a Edmunde en 1908 y se casaron al año siguiente,
en 1910 nació Paul Otto el mayor de sus cuatro hijos, todos trabajaban
en la granja.
Luego vinieron los años dificiles de la primera guerra mundial.
De 1914 a 1918 Adolf fué incorporado en el regimiento de Pommerania
que pelearía en el frente ruso con terribles padecimientos, tanto
para los soldados alemanes que perdieron la mitad de sus cuadros, como
para la población civil que debió soportar tada clase de
penurias y privaciones.
Al terminar la guerra debió embarcarse en un barco de carga como
marinero para poder mantener a su familia.
En sus múltiples viajes a Buenos Aires y Bahía Blanca en
búsqueda de cereales con que el granero del mundo abastecía
al viejo continente tuvo oportunidad de conocer Argentina y enamorarse
de su tierra y de su gente.
En 1922 reunió a su familia y les contó que conoció
el mejor país del mundo, con todo por hacerse, mucho trabajo e
igualdad de oportunidades para todos y que pronto vendrían para
comprar tierra y trabajar.
En Julio se embarcaban en Hamburgo y luego de un largo viaje, junto con
gran cantidad de otras familias llegaron a Buenos Aires.
La inflación en Alemania había pulverizado sus ahorros y
todos los miembros de la familia estaban trabajando duro para recuperarse,
ya habían pasado lo peor, ahora tenían su propia chacra
para trabajar.
Las sacudidas de la chata lo sacaron de sus pensamientos. El camino no
estaba mantenido y la ación del viento y la lluvia provocaban profundos
zanjones en los costados del mismo.
Al llegar a Ingeniero Huergo detuvo la chata al cruzar el paso a nivel,
verificó la carga y esperó a que Margarethe lo alcanzara
con el sulky. Cuando se acercó le dijo que se adelantara para avisarle
a la madre que ya estaban llegando, pero Margarethe le rogó que
la dejara viajar con él y así cuando llegaran juntos la
alegría de toda la familia reunida sería mayor.
El sol se puso y las sombras comenzaron a extenderse sobre el campo, pronto
una fina llovisna comenzó a caer, mojando el camino y dificultando
la visión.
Margarethe, (Gretchien para el padre) también sintió con
las sacudidas del sulky que el camino se desmejoraba y sintió miedo.
La noche era oscura y a pesar de haberse acercado a la chata, apenas podía
divisarla por culpa de la llovisna que comenzaba.
Ella tambien recordaba. Era la mimosa de la abuela Johana allá
lejos en la granja de Altsarnow, se había despedido de ella en
Julio de 1922 antes de viajar con sus padres y hermanos para Hamburgo,
donde el barco “Villa García” los llevaría a
esa tierra tan linda que les contó su padre. El último recuerdo
de su abuela fué verla parada en la puerta de la casa secandose
las lagrimas con el delantal blanco, mientras el carro que los llevaba
a Hamburgo se alejaba. Nunca más volvería a comer sus exquisitos
panqueques de papas.
Llegaron a Buenos Aires el 30 de Agosto de 1922, luego de 45 días
de navegación, allí se alojaron en el hotel de inmigrantes
y algunos días despues por tren a Rivera.
Ya habían pasado cinco años desde la llegada a Rivera, que
estaría haciendo la abuela? Que lástima que no quiso venir
con ellos!
En medio de la noche y distraida en sus pensamientos se sobresaltó
al escuchar un fuerte ruido en el carro que los precedía, seguido
de las órdenes de su padre a los caballos intentando zafar de un
profundo zanjón en donde se habían caído dos ruedas
de la chata.
Luego de varios intentos el carro comenzó a moverse pero en lugar
de retomar el camino las ruedas deslizan hacia la zanja, de forma tal
que cuando llegaron al fondo la chata perdió el equilibrio y comenzó
a volcarse hacia el lado del conductor.
Con horror Margarethe veía como la chata desaparecía volcando
hacia donde su padre estaba sentado y como toda la carga caía sobre
él.
Detuvo el sulky angustiada, cuando cesó todo el ruido y los caballos
se tranquilizaron se bajó y llamó a su padre. Sólo
le contestó el silencio de la pampa.
Se acercó al lugar del accidente asustada por ese silencio, siguió
llamando a su padre pero no tuvo respuesta. Comenzó a buscar orientandose
hacia el asiento del conductor. A pesar de sus 12 años conocía
de carros, caballos y aparejos ya que en los cinco años que llevaba
en Rivera su padre, de quién era muy apegada, le había transmitido
todos los conocimientos necesarios para ensillar o atar el sulky todos
los días para ir a la escuela.
Debajo de un montón de cajas, bolsas, herramientas , muebles, gallinas
y barro asomaba un brazo que reconoció como el de su padre, se
acercó tratando de sacar los bultos que lo estaban tapando .
Cuando logró despejar algo el lugar alcanzó a descubrir
parte del cuerpo de su padre, cubierto de barro y sangre, que apenas podía
moverse, otra parte estaba aún aprisionada por la chata volcada.
Le tomó la mano angustiada… “Sprich mir Vati”
(hablame papito)… sin respuesta, solo algunos débiles movimientos
y sangre saliendo de la boca de su padre cuando intentaba hablar…
Sprich mir Vati…le rogaba acariciandole la mano… sólo
una respiración agitada ahogada por borbotones de sangre le contestaba
… Sprich mir Vati…luego silencio, las lágrimas se mezclaron
con la llovisna de esa noche invernal del 8 de julio de 1927, ….
Sprich mir Vati…no sabe cuanto tiempo pasó allí sosteniendo
la mano de su padre, …Sprich mir Vati… En sus tiernos doce
años entendió que una parte importante de su mundo infantil
había desaparecido.
Hasta aquí
el relato de mi madre, Margarethe, que me lo contaba a medida que nuestro
coche avanzaba lentamente por el mismo camino donde esto ocurrió
hace 60 años y las lagrimas nos caían por las mejillas con
la misma lentitud
Aún hoy el camino sigue siendo de tierra e impresiona por su soledad.
Paramos varias veces para reconocer lugares, luego llegamos a Rivera.
Allí se encontró con familias amigas y recorrimos lugares
de sus recuerdos, la iglesia luterana, la escuela, la estación
de ferrocarril, y hasta se animó a identificar la chacra que había
comprado su padre.
Por supuesto que le saqué fotos ante el hermosísimo monumento
de los colonos. Me gratificó saber que un artista reflejara tan
vividamente un pasaje de nuestra historia y nuestras raíces.
Entre tanta basura modernosa y surrealista es reconfortante saber que
todavía hay artistas que saben reflejar una época con fidelidad,
gracia, armonía y buen gusto como las que transmite ese monumento
para las generaciones venideras.
Demás está decir que mi madre y mi tía Gerda, que
nos acompañaba, se emocionaron como niñas al ver ese monumento
que las retrotraía a su niñez en Rivera.
Luego fuimos al cementerio a llevarle flores a mi abuelo, don Adolf Zander.
El cementerio de Rivera se encuentra a unos cinco kilometros al norte
del pueblo, sobre la ruta que une Carhué con Macachín. Allí
nos encontramos con la triste noticia de que a mi abuelo lo habían
sacado de su tumba y lo habían depositado en el Osarium. No lo
podía creer. El cementerio es muy grande, sobra espacio y la tumba
había sido pagada por 99 años según constancia en
la municipalidad.
Hablé con el encargado, le pregunté que había ocurrido
con la tumba de mi abuelo, uno de los primeros colonos de Rivera y habitantes
del cementerio, me dijo que como hacía mucho que nadie venía
a visitarlo y una familia importante de Rivera quería su mausoleo
cerca de la entrada, resolvieron ocupar la tumba de don Adolf Zander.
Volvieron las lágrimas a los ojos de las ancianas, no podían
creer que su gente de Rivera hubiera hecho algo así. Ellas tenían
tan lindos recuerdos de su niñes aquí.
Todavía, cuando visito Rivera y le dejo flores a mi abuelo en el
Osarium, me cuesta creer tanta vanidad, superficialidad y falta de respeto
aún ante la muerte, por unos pocos metros más cerca o más
lejos de la entrada del cementerio. Mirando hacia los cuatro puntos cardinales
no se vé más que pampa.
Que Dios los perdone.
Cuando me alejaba caminando hacia el auto donde me esperaban las damas
para volver a Bahía Blanca, con la puesta del sol alargando las
sombras de los árboles sobre las tumbas, reflexionaba amargamente
la mala suerte de mi abuelo en este suelo que consideró el mejor
del mundo. Después de haber sobrevivida durante cinco años
una guerra cruel y sangrienta venir a morir lejos de su patria, en un
camino solitario, aplastado por un carro y no tener ni siquiera un pedazo
de tierra donde descansar en paz, en un país donde lo que sobra
es tierra.
En el camino de regreso creo que no hubo una sola palabra. Seguía
pensando en la tumba profanada de mi abuelo y en la escena de una niña
de doce años acariciando la mano de su padre moribundo en medio
de la soledad infinita de una noche fría y lluviosa de nuestra
pampa …”hablame papito”…
Esa niña creció, trabajó, estudió, conoció
a mi padre, crió y educó a cuatro hijos, varios sobrinos,
nietos y bisnietos con un amor, dedicación y ejemplo inolvidables
para quienes la conocieron.
El desarraigo de su aldea natal y de su abuela adorada desde muy pequeña,
la terrible situación que vivió con la muerte de su padre
y las penurias y privaciones que la acompañaron toda su vida serian
suficientes para transfornar a cualquier persona normal en un ser cargado
de amarguras y resentimiento; en ella parecía no haber hecho efecto
alguno en su espiritu.
Siempre lista para regalar una caricia o una frase de aliento. Siempre
solícita cuando alguien estaba enfermo o tenía algú
problema. Vigilante permanente de la armonia entre los miembros de la
familia
En lo único que era inflexible era en la escuela. No admitía
excusa alguna para que algún miembro de la familia dejara de estudiar.
Aunque las cosas no anduvieran como se esperaba, nunca una queja, toda
estaba bien para ella, se empecinaba en querer ver siempre el lado bueno
de las cosas o de las intenciones de las personas, aún allí
donde no las había.
Luego que Dios la llamó el 6 de Febrero de 1998 para reunirla con
su padre, madre y esposo nunca volvimos a comer panqueques como los suyos.
Hoy, ya maduro, entendiendo o prestando mayor atención a muchos
detalles que de jovenes pasamos por alto o damos por hecho, siento que
nada en el mundo me hace sentir más orgulloso que de ser hijo de
una mujer como Margarethe Zander.
Alberto Philippi
Zander
Payró 549,
Palihu
Bahía Blanca
TE 0291-454-8726
argenjagd@arnet.com.ar
Hoy
Boxeo!!!: "Solano Vs. Milonga"
Luis Agoff y éste "cronista", nos hemos referido oportunamente
a dos personajes emblemáticos de nuestro medio : Solano y Milonga.-
Ambos competían en la venta de billetes de lotería y como
lustra botas.-
Esta competencia generó un encono recíproco que llegaba
al borde de la beligerancia, la cual fué aprovechada por los "amigos"
de hacer bromas y "cargadas", que nunca han faltado en nuestro
pueblo.
De manera que fueron hechando combustible donde ya había fuego,
llevando y trayendo amenazas de uno hacia el otro personaje, que culminó
con la organización de un match de box, entre ambos para dirimir
diferencias.-
Dicho combate se realizaría en la confitería, donde se armó
el ring.-
Llegado el momento de la pelea y luego de las consabidas instrucciones
del árbitro, al sonar la campana del primer round, Milonga atacó
furiósamente a su adeversario, inclusive empleando recursos reñidos
con las reglas del boxeo ( patadas, mordiscos, etc. etc.)
Solano, desesperadamente trató de defenderse con poco éxito,
hasta que a los pocos segundos de iniciadas las acciones gritó
con todas sus fuerzas : " ASUJETENLÓ QUE YO ME ASUJETO SOLO!!!!!"
expresión ésta que quedó grabada en forma indeleble
en los anales del boxeo local.-
RESULTADO DE LA PELEA : Ganador Milonga por K. O . Técnico.-
´Goldin Moisés. (Sito)
::
Recuerdos de un joven memorioso
Aceptando la invitación
de Sito Goldin, este “joven memorioso” de 79 años,
tratará de recordar algunos de los negocios y artesanos que Sito
pueda haber omitido involuntariamente en su largo recorrido por nuestro
querido pueblo de Rivera.
Además voy a aprovechar la oportunidad para incorporar las casas
de vecinos (las que recuerde), que estaban en el mismo recorrido y, si
la memoria me ayuda, trataré de ampliar el recorrido, por lo que
no puedo asegurar de terminarlo antes de que suene la sirena.
Yo me fui de Rivera
en 1943, a los 18 años, después de haber laborado en algunas
actividades: cadete en la tienda de Lifchitz (creo que 2 o 3 meses); la
tienda Blanco y Negro, donde renuncié al mes por considerar que
a mi edad (tenía 13 años), barrer la vereda era un desprestigio
hacia mi persona; luego presté servicios en la Jewish Colonization
Asociation (más conocida por la sigla J.C.A.) durante dos años,
pero sin barrido de vereda; por último y durante año y medio
trabajé en la Cooperativa Tamberos, pero ya en áreas de
oficina, alternando con el parafinado de quesitos de postre y “degustador”
(no autorizado) de quesos de rallar frescos con calador en mano. Después
me fui a Bolivar, donde trabajé más de dos años,
hasta que me tocó el servicio militar. Pero vamos a lo nuestro,
la recordación.
Tengo un inconveniente que consiste en mi desconocimiento del nombre de
las calles, pero veremos si durante el relato aprovecho el recorrido de
Sito y logro orientarlos igual.
En principio, antes
de la casa de Sito Goldin vivía Manuel Beiser. Tal como él
señala, después de su casa, por 25 de Mayo, estaba la panadería
de Arcusin, luego Axelrod (la hija Clarita era telefonista en la vieja
Unión Telefónica). En la esquina, un terreno tapiado (de
Kuschelevsky) que era utilizado en vísperas de elecciones por el
partido conservador, en el que se hacían asados y se jugaba a la
taba.
Siguiendo por Colonizadores hacia el norte, y después de la sastrería
de mi pariente Schamsanovsky, vivían Vove Slobinsky y la familia
Bintel (él, histórico empleado de la tienda de Sarachansky).
Cruzando la calle, por la misma vereda, estaba el chalet de Jmelnitzky
y seguidamente las familias Poliser, Blaistein (el abuelo de mi nuera)
y el changador Bilinkis. Después no había viviendas hasta
llegar a la cancha del entonces Club Sportivo Rivera. Antes estaba Korobka,
mecánico de molinos. A la vuelta de la casa de Bintel y antes que
la sastrería de Mote Keselman, funcionó en ese local un
colegio (Folk Schule) solamente un año, se enseñaba el idisch
(no hebreo). No recuerdo el apellido del maestro, solo su apodo, “Pinocho”
le decían, en mérito a su prominente nariz. Frente a Bintel
la casa de Israel Povolotzky, al lado Chervinsky y luego el patio y oficinas
de Faure.
Siguiendo desde Faure, en dirección este, primero estaba Recagno,
Lobato y luego Isaac Dayán en la esquina. A la vuelta de Dayán,
estaba la casa de la viuda Dora Resnik. En sus comienzos, ni bien llegó
de Rusia, instaló una pensión en la que sus principales
clientes eran peones, la mayoría rusos. Me contó un tío
mio que su libreta de cuentas corrientes era un "poema”, dado
los apodos con los que distinguía a su selecta y numerosa clientela.
Por esa misma vereda vivían las hermanas Ratusny y seguidamente
el sastre Pavlotzky. Frente a este último (si mal no recuerdo)
estaba la carpintería de Sosne, luego la Mime Reise y su esposo,
el Feter Mejul, por esos nombres se los conocía. Ella atendía,
como dice mi amigo León Safranchik, “una especie de ‘almorzadero’
con estacionamiento para carruajes”, al que iban a comer los colonos
que venían al pueblo y no tenían capacidad de pago para
ir a un hotel; en esa época la viuda Resnik ya no tenía
su pensión. Más allá vivía Chernicoff, el
padre de Gregorio el panadero y, en la esquina, Herzberg, der zeifmajer
(fabricante de jabón), enfrente, en la otra esquina, estaba Steinberg.
Por la misma vereda, de la calle Tucumán, luego de las oficinas
y vivienda del gerente de la Maltería (primero estuvo Manuel Resnicoff,
luego Louro y el último que conocí era J.C.Portes) estaba
Naum Breitman y familia, después la sodería de Cejpek, y
en la esquina, la Delegación Municipal a cargo del Sr. Silvera.
Posteriormente, estuvo, un tiempo, la comisaría.
El Banco Ganadero que estaba en la vereda de enfrente, era propiedad de
los hermanos Arano y el gerente era D’Orta. Cruzando el boulevard,
el chalet de madera que menciona Sito , donde vivía Solano, el
taxista, era propiedad de Sigal (yerno de Miguel Fainstein) Hay que hacer
la salvedad que Solano, en sus ratos libres, lustraba zapatos en los bares
del pueblo, en esa actividad tenía un competidor apodado “Milonga”.
Después del chalet, siguiendo por Tucumán al sur, antes
de Matzkin, estaba el almacén de Schvarzberg, más conocido
por “Gat y Chaves”, por sus dimensiones (tres por tres). El
principal artículo de venta era girasol tostado.
Llego a Tucumán y T. Hertzl, por esta última ya describió
Sito a sus ocupantes, pero, después de la carnicería y vivienda
de Pogost, estaba Greis, un comprador de cereales y luego, en el mismo
edificio, antes del almacén y boliche de Ravich padre, estuvo Merpert,
representante de Bunge y Born. Frente a Pogost, estaba Charny, en cuyo
edificio estuvieron las escribanías Wainfeld, Samuel Arculis y
luego, por poco tiempo, Jaime Schargrodsky, que luego se trasladó
a otra casa.
Desde la esquina del almacén de Ravich, en dirección norte,
calle Saavedra, antes de la casa y herrería de Avrumetzie, estaba
el almacén de Kijel. Después sabemos que estaba el Shil.
Vuelvo a Ravich, cruzo Saavedra y por T. Hertzl en dirección al
Hospital Dr. Yarcho, me encuentro con la casa de la familia Rosquin, cuyos
dos hijos eran excelentes futbolistas. Enfrente, la viuda Neiman con sus
dos hijos, Iuja grande y Iuja chico, así se los conocía;
antes de esa casa había un boliche cuyo dueño no recuerdo.
Después de Rosquin, la casa de Burgenik padre, que anteriormente
habitó un maestro de música de apellido Larrea. Luego la
peluquería de Pecker y seguidamente un señor muy delgado
que no recuerdo el apellido. Lo apodaban Mendl un der and (le faltaba
un brazo) y formaba parte de la pléyade de vendedores de billetes
de lotería. Dicen que su esposa se destacaba por llorar detrás
de cada féretro que iba con rumbo al cementerio judío.
Al lado, la familia Enguelberg, uno de cuyos hijos, Alfredo, muy delgado
él, era apodado “el Flaco Arenque”. En los años
sesenta buscó una entrevista conmigo en Fraternidad Agraria, donde
yo trabajaba, y, para no tener problemas se identificó con ese
apodo. Enguelberg vivía en la esquina sobre T. Hertzl, cruzando
la calle (cuyo nombre desconozco), también sobre Hertzl, la última
casa antes de llegar al hospital, era propiedad de Manuel Resnicoff y
allí se abrió la primera oficina de la Primera Maltería
Argentina, cuya gerencia ocupaba el sr. Resnicoff. En ese lugar hizo sus
primeras armas mi hermano Jacobo (más conocido por “Chueco”
entre sus amigos). Jacobo fue luego empleado de la misma empresa en Tres
Arroyos y gerente de zona en Villa Iris y Pigüe y culminó
su carrera en la empresa de Otto Bemberg, como administrador de una estancia
del mismo, cercana a Mar del Plata, donde se intentó un emprendimiento
para cultivar lúpulo en un área de 100 hectáreas
(honor al mérito, mi hermano tenía 4to. grado, aprobado
en la escuela Nº 146 de Rivera).
Vuelvo al boliche de Ravich: siguiendo por Saavedra, en dirección
al sur, cruzando la esquina, estaba Sigal, padre de Abraham. Luego el
almacén de Tenenboim (hoy casa de G. Goldbek) y luego el taller
de hojalatería de Fernando Agoff, mi papá (hoy Pogarelsky),
donde se hacían baldes, volcadores: se usaban para sacar agua del
pozo tirado por un caballo para llenar los bebederos de los corrales.
También se fabricaban tanques para almacenar agua de lluvia, canaletas
para techos, caños de chapa, chimeneas, cocinas y estufas a leña
de chapa doble decapada y otras menudencias. Las herramientas más
sofisticadas que le conocí a mi viejo, eran un aparato que hacía
la “pestaña” para unir los caños de chapa y
un taladro fijo, el resto era fragua, yunque y martillo. Para ciertos
trabajos más importantes recurría a su amigo Slutzky, que
tenía un taller mejor montado. Mi viejo también tenía
otra actividad, que desarrollaba hacia fines de la cosecha fina. Había
construido una máquina para adecuar la cebada a las condiciones
que requería la Maltería y por ello pagaba al chacarero
un precio muy superior al que cotizaban los exportadores. Esa máquina
fue construida en ese modesto taller y estaba dotada de una tolva donde
se echaba el cereal, sacaba con un ventilador y un doble juego de zarandas,
los cuerpos extraños y con un largo cernidor conformado por chapas
con agujeros de diferentes medidas separaba la cebadilla y granos finos,
llegando los granos más grandes y aptos a la última boquilla.
La máquina forrada con chapa pintada de rojo (mi viejo era de Independiente)
estaba montada sobre un chasis con cuatro ruedas de arado y toda la máquina
se movía con un motor naftero de dos caballos, por medio de una
correa. Bueno, termino aquí con la “publicidad” de
una actividad que finalizó hace casi 60 años.
Enfrente de Tenemboim
estaba el almacén y boliche de Adolfo Moldavsky y seguidamente
el carrero Vaisman, con su chata de cuatro caballos blancos. Calculo que
los lotes de estos dos últimos, son los que ocupa en la actualidad
el negocio y vivienda de Diana de Pardés. Al lado de Agoff (hoy
Goisen) estaba la fábrica de soda y envasado de Crush de don Bernardo
Jitrik. La sección lavado y “esterilizado” de las botellitas
estaba a cargo del que suscribe y del hijo menor de Jitrik, Noé,
tarea que realizaban en un gran fuentón con agua, cepillo y jabón.
No se conoció, por aquellos tiempos, ningún inconveniente
de salud para los consumidores de Crush. La distribución corría
por cuenta de don Bernardo, en su carrito tirado por un viejo caballo
zaino. Me detengo aquí para hablar solamente un poquito de mi amigo
de la infancia Noé Jitrik. Desde hace muchos años es un
conocido escritor e intelectual, Dr en Filosofía y Letras, académico
muy conocido en círculos universitarios, no sólo de nuestro
país, sino también en México y Francia, donde actuó
por muchos años, desde los setenta, obligado por un exilio poco
querido como la Triple A que lo empujó a él. Desde los años
’80, en que regresó, continúa con su prolífica
actividad, que alterna con periódicos viajes a esos países
de donde es requerido permanentemente. Actualmente lleva adelante una
obra muy significativa para la cultura argentina: coordinando la participación
de distintos escritores y académicos de la universidad dirige una
colección de nueve tomos sobre la historia de la literatura argentina,
que lleva ese mismo nombre, que ya tiene cinco tomos publicados y es editada
por la editorial Planeta.
Continuando con el
itinerario de Sito, llego a la herrería de Beniumen Ravich, previo
paso por la casa de su familia. Que yo recuerde, compartía su actividad
con Benchik Reskin, su socio y cuñado. Como bien recuerda Sito,
Benchik era, además, cantor litúrgico y por esa época
integraba el coro de dos, junto a Kiper (viejo maestro de pala en una
panadería) acompañando al Jazan que contrataba la comisión
del Shil para las festividades judías. Frente a Ravich, en dirección
sur, había una casa de inquilinato. Por esa vereda, en dirección
este, llegando a la próxima esquina, estaba Frid con su herrería.
Desde el mencionado inquilinato, cruzando la calle en dirección
oeste, después de un terreno baldío estaba la herrería
de Raijer, seguían Svetliza, Barindorff y Ratusny. Frente a Barindorff
estaba Korona con su panadería y luego Seltzer (el abuelo de Peti
Dorenstein) En la esquina, frente a Ratusny, como dice Sito, la carpintería
de Moise der Stolier y a continuación la carnicería de Witkin
y luego la peluquería de Yarosevsky, músico él tambien,
que con su clarinete integraba un terceto junto a Benchik Reskin (con
instrumento de viento) y Moishe Schapiro al bandoneón, instrumento
que cambiaba por una tuba con una enorme bocina para integrar la banda
municipal junto a sus compañeros del terceto. En esa banda también
hizo armas, de joven y en algunas oportunidades, mi cuñado Boria
Povolotzky, con su “bombardino”, que a posteriori utilizó
para hacer algunas de sus consabidas travesuras. Después de la
peluquería de Yarosevsky, como dice Sito, estaba el almacén
del “Ruso negro”, para los criollos, y Berl der rumeinier
(el rumano), para los judíos. Enfrente, la herrería de Slobodietzky,
que estaba dentro del terreno que ocupaba la casa de Resnicoff (padre
de Sito y Iancl). Después del “Ruso negro”, la casa
de la familia de Burej Iungelson y en la esquina la familia Hirschoren.
A la izquierda, por Colonizadores, en dirección sur, a mitad de
cuadra estaba el viejo salón del Centro Cultural Israelita, luego
la familia Sac. Cruzando la esquina, el chalet que habitaba la familia
Soltz, luego el sargento Farías (retirado del ejército)
cuyo caballo, de nombre “Correlo”, tenía más
pinta que velocidad (no recuerdo que haya ganado una sola carrera)
Un poco más adelante estaba el hojalatero Shulman con su taller,
era la última construcción de esa calle. Frente al chalet
de Soltz está la hoy renovada Escuela Nacional Nº 146. Frente
al Centro Cultural Israelita vivía el Dr. Glik y siguiendo hacia
el norte vivía la familia Chechik, luego el consultorio de la Dra.
Drucaroff, la vivienda y carnicería de su padre Zalmen (después
Burej Iungelson). A la vuelta, por la calle Uruguay, Sriro, el estudio
fotográfico de Kantarovich y la casa y la herrería de Morosoff.
Frente a Kantarovich y antes del taller, de Fishkin, la panadería
de Mirochnik, la familia de Teplitzky, un empleado jerárquico ferroviario.
En la esquina de Colonizadores y Uruguay estaba la vieja biblioteca (creo
que se llamaba Sarmiento), a la que no solo se iba a retirar libros, sino
que acudían también los que no podían comprar diarios.
La comisión de la biblioteca compraba una vez por semana algunos
diarios, tanto en castellano como en idish, que se disponían sobre
los pupitres para comodidad de los lectores. El edificio de la biblioteca
era parte de una casa con un patio central que albergaba a más
de una familia. Recuerdo que vivía la viuda Polopodin, cocinera
que se contrataba para grandes eventos, su especialidad era el guefilte
fisch, se la denominaba “la sarvern” (supongo que quiere decir
cocinera). En esa casa vivió también mi hermano Sito. En
la misma vereda, por Colonizadores, rumbo al norte, después de
la tienda de Sarachansky, estaba la peluquería de Jaliff (antes
Ostromujoff), la imprenta Spollansky (después el almacén
de Sac Hnos.). En la vereda de enfrente, el local cerrado que menciona
Sito con la chapa del Partido Demócrata Nacional (al que se denominaba
Partido Conservador) funcionaba como sede partidaria, bajo la supervisión
del Sr. Tabarozi. Siguiendo la ruta de Sito, en la esquina de la gomería
de Aravsky funcionó anteriormente el almacén de Hirschoren
Hnos. El almacén y venta de pescado de Tendler, lo ocupó
anteriormente la Sra Merlinsky e hijo. En esa vereda, la tienda de Burgenik
que antes se denominaba El Siglo, cuyo dueño era Francisco Projoye.
Por Colonizadores, la casa de familia que estaba en el patio del negocio
de Smorodinsky, era habitada por Abraham Pavé, gerente de la Cooperativa
Granjeros Unidos, fallecido muy joven.
El propietario del
local donde Spollansky tenía el bazar, fue don Gregorio Povolotzky,
era un hábil comerciante, dotado de un ingenio y humor superlativos.
Vayan algunos pocos ejemplos que confirman mi apreciación.
En cada cartucho (hecho con papel de diario) agregaba al girasol tostado
algunos granos de maní, también tostado, por lo que conseguía
incrementar sus ventas. El maní tostado en grano únicamente
te lo servían en las confiterías cuando ibas a tomar el
“Cinzano”; pero, el sumun de su ingenio se daba durante los
carnavales (los corsos se realizaban en la calle frente a su negocio):
levantaba la persiana a medias, únicamente para vender semilla
de mijo en cartuchos, compitiendo con los vendedores de papel picado.
Por último, una sola anécdota para reflejar su humor. Una
mañana en que abría su negocio (siempre muy temprano) entra
un chacarero, con la cara muy hinchada, manifestando tener un fuerte dolor
de muelas y lamentándose por el tiempo que aún faltaba para
que lo atendiera el dentista. Don Gregorio Povolotzky le dice que tiene
un método que, quizá, podría aliviar su dolor. Con
la anuencia del chacarero, tira una escoba al piso y le dice que la cruce
diez veces repitiendo la frase: “no me importa”. Terminado
el “operativo”, el chacarero manifiesta no sentir ningún
alivio, a lo que Povolotzky, encogiéndose de hombres, le contesta:
“y si a usted no le importa...”
Nos vamos a la vereda
de enfrente de Povolotzky. Después de la farmacia de Resnik, había
un estrecho pasaje del cual emergían, todas la mañanas,
la señora Bliume, gordita ella, que salía a despedir a su
delgado marido Nujem, que iba a vender billetes de lotería. No
conocí en Rivera a ningún levantador de quiniela, vendedores
de billetes de lotería había varios. El primer local al
lado del pasillo de Bliume, era del relojero Joffe, luego la carnicería
de Nuie Merlinsky, el sastre Axelrod, el despacho de pan de Don (no recuerdo
el apellido) el almacén de Gueller y como dice Sito, la confitería
de Lanucara, cuyo local seguía a la vuelta. Frente a la plaza,
el taller mecánico de Bruno Caferri que luego adquirió mi
hermano Sito. Seguían las casas de las familias Kuschelevsky y
Zmud y las oficinas de Jmelnitzky y Zmud (compradores de cereales) y a
continuación la vivienda del administrador y oficinas de la Jewish
Colonization Asociation.
Me quedó en el tintero el Sr. Offenhender, cuya casa no puedo ubicar,
se lo conocía como grupn majer (fabricante de cebada perlada).
Otra aclaración: entre los negocios de Trutner y Rabinovich, en
la calle Tucumán, estaba el almacén de Troiansky, también
acopiador de aves y huevos.
Yo termino aquí mi recorrido, pues ya sonó la sirena hace
un largo rato y mi vieja debe estar preocupada porque todavía no
regresé a casa para almorzar.
Quedan aún
muchas cuadras por recorrer de aquel pequeño y querido pueblo,
hoy tan extendido, pero dejo esa tarea para algún otro memorioso,
que tenga ganas de enchufarse y empezar a escribir. De todas maneras,
antes de irme, quiero dejar para el conocimiento de los jóvenes
y de los ya no tan jóvenes, algunos de los acontecimientos que
se dieron y actividades que se realizaron entre los años 30 y 40,
que son los que yo viví.
El Club Atlético Pacífico Rivera (conocido como “la
cancha de tenis”), del cual sólo queda la arcada de la entrada,
fue escenario de muchos acontecimientos gratos para la juventud riverense.
¿Quién en su época no pasó por sus juegos,
canchas de tenis y de bochas? Todavía me parece estar viendo no
solo los torneos locales de tenis, sino los zonales, donde tan bien nos
representaron el maestro Raúl Ordoñez en pareja con Mariano
Sanz, fueron épicos los duelos de singles del zurdo maestro con
otro zurdo extraordinario, que fue Pedro Dómina de Pigüe.
Pido disculpas por no recordar los nombres de otros buenos jugadores que
se destacaron por esas canchas, salvo el de Lone Slobinsky.
Demás está decirles lo bien cuidado que estaba el parque,
los juegos, todo bajo el ojo avisor del alma mater que fue su presidente
por muchos años, el Sr. Acevedo.
Creo que muchos, como yo, recordarán los eventos que se organizaban
con motivo de las festividades patrias, los bailes criollos con el Pericón
en primer lugar.
Dentro de las actividades culturales no podemos olvidar las obras de teatro,
montadas por Don León Karabelnicoff, que dirigió a varias
generaciones de jóvenes. Tampoco podemos olvidarnos de los festivales
organizados por la colectividad rusa, con sus bailes y canciones, con
sus vestimentas típicas. Los hermanos Lezuk, Schvachka y la voz
de barítono de Korobka, me vuelven en el recuerdo. Por supuesto,
todas esas actividades se realizaban en el Centro Cultural Israelita.
Otro gran acontecimiento lo constituyó, la visita, en 1940, de
quien fuera uno de los grandes maestros del ajedrez mundial, Don Miguel
Najdorf. En el salón del Centro Cultural Israelita jugó
una noche una partida simultánea con 40 tableros, más tres
“a ciegas”. En esos tres tableros, ubicados en el escenario,
jugaron los mejores ajedrecistas de Rivera de ese momento: Alfredo Lewkowitz,
Guillermo Pirotzky y Liova Povolotzky. Najdorf ganó las 40 partidas
del salón y 2 de las “a ciegas”, solamente Lewkowitz,
que era el nº 1, logró hacer tablas.
Una visita inesperada tuvo Rivera en 1938. El candidato a presidente por
la UCR, Marcelo T.de Alvear, estaba haciendo su campaña electoral
en un tren especial y, seguramente camino a Bahía Blanca, se detuvo
en Rivera, más o menos por una hora y pronunció un discurso
desde el vagón en que viajaba. Había no mucha gente, pues
aparentemente no habían anunciado con suficiente antelación
su paso por el pueblo.
Para finalizar, no quiero olvidarme de mencionar a Naón Guitelman
(ya fallecido), quien fuera contador en la Cooperativa Tamberos durante
mi paso por ella. Guardo de él un muy grato recuerdo y mi permanente
agradecimiento por su trato y sus enseñanzas que mucho me sirvieron
para mis actividades posteriores.
Ahora sí termino
esta larga recorrida por lugares, personajes y acontecimientos de Rivera.
Lo hago con un cálido y vivo recuerdo para mis amigos inolvidables
Luya Witkin, Lito Gueller y Leibele Lis, como así también
para mis queridos primos Bume Pogarelsky, recientemente desaparecido,
y su hermano Mauricio, fallecido hace muchos años en Alta Gracia
(Córdoba). Los llevaré siempre en mi corazón.
Luis Agoff
luis_agoff@hotmail.com
::
Vida en la Colonia Veneziani
En
memoria de mis padres. Yenny y Enrique Rosenthal y de mis hermanos Kurt
y Lothar, relato algunos de mis recuerdos de la vida de nuestra familia
en la colonia Veneziani, Lothar, que vivió toda su vida entre ustedes,
seguramente hubiera podido agregar muchas otras vivencias, no tuvo la
suerte de estar en esta gran fiesta de su pueblo, falleció el 13
de Junio de 2004.
Nuestra
familia llegó de Alemania el 20 de Junio de 1939, el puerto de
Buenos Aires estaba atestado de gente esperando familiares, a nosotros
nos esperaban unos señores que representaban la J. C. A. , Jewish
Colonization Association, nos llevaron en autos grandes y cuadrados a
una pensión descuidada y oscura, mamá se puso a limpiar
antes de dejarnos entrar en la habitación, durante los días
siguientes fuimos llevados a diferentes oficinas para recibir nuevos documentos,
viajábamos en tranvía de un lugar a otro y los edificios
altos que nunca había visto, me hacían sentir aun mas pequeña
de lo que era. Después de una semana de andanzas nos llevaron a
la estación del ferrocarril, con sándwiches y bebidas para
amenizar el largo viaje en tren que nos llevaría a nuestro destino
final.
El tren era oscuro, con una sola bombilla en el vagón que de a
ratos se apagaba, nos acomodamos en largos bancos de duros listones de
madera y las ventanillas crujían ruidosamente. Viajamos horas interminables
sacudiéndonos al ritmo unísono y lento de la locomotora
a vapor. Comenzamos el viaje al anochecer y arribamos a nuestro destino
al mediar la mañana siguiente apeándonos con un sin fin
de bolsos y valijas en un pequeño pueblo al sur de la provincia
de Buenos Aires, Rivera.
El pueblo era un centro comercial que estaba rodeado de varias colonias
agrícolas, los habitantes en su mayoría eran judíos
europeos y algunos argentinos descendientes de rusos, españoles
o italianos.
Las casas eran bajas y antiguas, las calles eran de tierra, levantaban
al pasar una polvareda que lo cubría todo, si llovía se
convertía en un lodazal, pero para mis padres significaba el fin
de las persecuciones, de la guerra y la esperanza de un nuevo comienzo
para ellos y para mis hermanos, Ilse de 18 años, (hoy vive en Buenos
Aires) Manfredo 17, (vive en Alemania) Kurt 16, Lothar 10 y yo 6 de años.
En el mismo barco que nosotros, vino también la familia de Sally
Schuster, durante el viaje hicieron amistad y decidieron quedarse juntos,
en lo posible. Entre ambas familias éramos 14 personas. Los Schuster
venían con la abuela, tres hijos varones y una chica, y así,
conformábamos una camarilla de 9 entre chicos y jóvenes
de edades similares.
En
Rivera nos ubicaron unos días en la pensión de los Ettinger,
también inmigrantes alemanes, por lo que no había problemas
de comunicación, los representantes de la J.C.A. que nos recibieron
en Rivera hablaban Idisch, como el Idisch es casi como un dialecto del
alemán, también era entendible, pero nadie de nosotros sabía
hablar castellano, mis padres llevaban diccionarios y así iban
buscando las palabras que necesitaban para hacerse entender.
Una mañana uno de los chicos preguntó al hijo de los dueños
de la pensión como se decía “buen día”
en castellano, y este le aclaró muy serio, que se decía
“ándate a la m....” sonriente y orgulloso de sus conocimientos
recién adquiridos entró al comedor expresando con voz sonora
su amable saludo matinal.
Un día antes de que nos llevaran al campo mis padres vendieron
algunas de las pocas pertenencias traídas para comprar los alimentos
básicos para nuestra nueva casa, la institución nos prestó
colchones de paja y alguna vajilla imprescindible para cocinar hasta que
llegaran los cajones grandes con nuestros muebles, vajilla y demás
enseres de la casa, mis padres temían que nunca llegarían,
pero llegaron después de algunas semanas para la gran alegría
de todos.
Nuestro destino final sería la colonia Veneziani. Cuándo
nos llevaron al campo era un día frío y soleado en el mes
de Julio, lo único brillante era el sol de un cielo celeste y profundo,
todo lo demás era gris. Solos y aislados resaltaban dos puntos
en un horizonte sin fin. Eran las casas destinadas para los Schuster y
para nosotros. Ningún árbol, ninguna flor, solo cielo, tierra
y malezas hasta donde la vista alcanzaba, esto era la tierra prometida...
Mamá
acostumbrada a las comodidades de una casa europea, lloraba diciendo que
la habían llevado al desierto. Había tres habitaciones,
una cocina y una galería abierta delante de las habitaciones, adentro
la casa tenía paredes pintadas con cal, el techo de chapa acanalada
sobre tirantes de madera cruda y el piso era de barro apisonado. El baño
estaba lejos de la casa y consistía en un cuadrado de paredes con
techo y media puerta, era maloliente y lleno de moscas, tenía un
agujero en el piso sobre el que había que acuclillarse para hacer
las necesidades.
El agua para lavar y cocinar provenía de un pozo, había
que extraerla bombeando con una larga manija y llevarla en baldes a la
cocina, pero para nuestro horror, su sabor era salitroso y su efecto...
retorcijones y diarreas, pero después de un tiempo nos acostumbramos
al gusto salado y finalmente el agua dulce de otros pozos vecinos nos
sabia sosa y desabrida. Las visitas que venían a tomar un café
o te a casa, se traían una botella de agua bajo el brazo por miedo
a las consecuencias.
El problema principal era que para lavar la ropa, los cabellos o cocinar,
el agua era inservible, ningún jabón hacía espuma,
los cabellos quedaban duros como alambres, la ropa gris y dura como una
tabla y la comida incomible. A unos 1000 metros vivía la familia
Saper, el agua de su pozo era buena, allí íbamos durante
años reiteradas veces a la semana en carro y con cacharros para
traer el agua necesaria.
Para cocinar había una hornalla a carbón en la galería,
un calentador a kerosén, y un horno de ladrillo para hornear pan
y calentar la casa húmeda y fría, que daba a la cocina.
El fuego se hacía desde afuera con raíces, maderas y bosta
de los animales, por la apertura a la cocina debía entrar calor,
...pero solo entraba humo que teñía las paredes de negro
dejando los ambientes fétidos y helados.
En
el equipaje venía una cocina con horno de hierro fundido, para
leña o carbón, ésta más tarde cumplió
su función durante años. Para bañarnos solo había
un fuentón, muchos años mas tarde papá construyó
un cubículo de ladrillo con un tanque de agua encima donde un quemador
de alcohol calentaba el agua para ducharse, fue el primer artículo
de “lujo” que tuvimos. Mas adelante también se reformó
el baño, se cerró parte de la galería y se embaldosaron
los pisos, estas mejoras aliviaron el trabajo de mamá para mantener
la casa limpia y habitable.
Solo puedo presumir los sentimientos de nuestros padres en los comienzos
al tratar de amoldarse al lugar y las circunstancias, diría que
fue una consonancia de sentimientos contradictorios, las noticias que
llegaban de Europa eran desoladoras familiares y amigos habían
desaparecido y de seguro prevalecía la alegría de haberse
salvado del terror nazi con todos sus hijos, por lo que enfrentaron con
optimismo las dificultades interminables de la adaptación a una
forma de vida ajena y un futuro incierto e impredecible.
Un empleado de la J.C. A, venía dos veces por semana para dar instrucciones
de como y cuando hacer el trabajo agrícola, mis padres en Alemania
tenían una carnicería y fabrica de embutidos, apenas si
sabían algo de agricultura, les enseñaron cuando y como
sembrar, cultivar la tierra y les fiaron algunas vacas para ordeñar,
caballos para montar, algunas gallinas y un carro de cuatro ruedas. Después
de la cosecha había que pagar lo fiado. La J. C. A. también
se cobraba una parte de la cosecha como arrendamiento de la tierra de
manera que de la esperada cosecha quedaban solo migajas y desaliento,
Para Lothar y para mi todo era idílico, podíamos jugar en
el patio, correr detrás de las gallinas y admirar todas estas cosas
nuevas. Pero desde pequeños también nos enseñaron
a colaborar, había obligaciones para cada uno y ayudábamos
en las tareas del campo, del ordeñe y de la casa.
Hasta la llegada de los cajones lógicamente faltaba de todo, dormíamos
sobre los colchones de paja, donde vuelta a vuelta se sentían las
astillas que perforaban la tela, la mesa era un cajón invertido
en el que llegaron las pertenencias de algún vecino, como sillas
había cajones vacíos de manzanas, que papá trajera
de la verdulería del pueblo, de mantel servía una sabana
prestada. Sin embargo uno de los recuerdos más hermosos de mi infancia
data de aquella época.
Eran los preparativos de los viernes a la noche. Antes del anochecer mamá
nos bañaba en un fuentón y nos ponía ropa limpia,
con rodillas pulidas, uñas cepilladas, orejas sin tierra y narices
sin mocos, pequeños y grandes bien vestidos y peinados estábamos
alrededor de la “mesa” para la fiesta sabática, mamá
prendía las velas sobre un trocito de chapa y junto con papá
nos daban la bendición, se decía el kidusch antes de la
cena que era más suculenta y festiva que otros días, a falta
de platos hondos la sopa se servía en jarros azules enlozados y
a falta de cubiertos se servía un pedazo de carne sobre una rebanada
de pan, siempre había fruta o alguna golosina para el sábado,
después se rezaba, cantando en agradecimiento a la comida disfrutada.
Pero lo más importante era, lo que yo aun no sabía apreciar
en mi ingenuidad, era el hecho que nunca más tuvimos miedos.
Después que la vajilla estaba lavada y guardada, se corrían
las cajas y cajones a un rincón, papá sacaba su armónica
y tocaba música para bailar, nuestros padres iban adelante enseñándonos
los pasos y nosotros seguíamos en fila india tras ellos de mayor
a menor imitándolos.
Rememorando, comparo la pobreza material de aquella época a la
opulencia del mundo actual y todo lo que hoy ofrecemos a nuestros hijos
sin hacerlos mas felices, con esta comparación llego a la conclusión
que ninguna riqueza me hubiera proveído una vivencia tan maravillosa.
Hoy deseamos todo lo que el mundo ofrece y con dinero todo se consigue,
pero nos falta el tiempo para disfrutar las pequeñas cosas, el
hablar, jugar, reírnos con nuestros hijos, en cambio aquello era
una gloria, un idilio de vida familiar en medio de la total pobreza.
En las colonias Veneziani y Lucas Torres vivían unas 30 familias
inmigrantes las dos colonias estaban separadas por la vía del tren
que va a Salliqueló. En Lucas Torres vivían los Ehrlich,
Levcovitz, Kuppermann, Zelione, Woschinsky, Speier, Michel Schuster, Elkan,
Natusius, Jacobsohn, Hirschberg, Danziger, Bär, Galanty, Zucker,
Grinfeld, Köppel, y Blumenthal. En Veneziani vivían Guido
Rosenthal, Herzfeld, (nosotros) Enrique Rosenthal, Sally Schuster, Saper,
Plato, Schulz, Nürenberg, Algawa, Simoni, Hofbauer, Schwarz, Braun,
Marcuse, Goldstein, Chait, Jonas y Nossen. Todos eran judíos europeos
pero la mayoría de Alemania , algunos habían llegado antes
otros después que nosotros, pero todos llegaron a Argentina escapando
de la persecución y de la guerra, habían ejercido otras
profesiones pero todos aprendieron a vivir de la agricultura y la ganadería,
por lo menos en los primeros años.
Después de unos meses nos llevaron a la escuela, éramos
unos 15 chicos inmigrantes y otro tanto de chicos nacidos allí
de familias asentadas hace años Rivas, Estepanenco, Rappan, Ruiz,
Kollef y otros mas cuyos apellidos ya no recuerdo, teníamos un
solo aula y las clases se dictaban a los 6 grados al mismo tiempo, nunca
lo pensé, pero ahora me doy cuenta que debe haber sido un caos
para el pobre maestro, el señor Rossini.
Ninguno de los chicos inmigrantes hablaba el idioma y entre ellos había
chicos para todos los grados, cuando se me preguntó como me llamaba
le dije Inge, él maestro lo transformó en Inga y los chicos
lo cambiaron por Inga la gringa.
Como todos los chicos, también nosotros aprendimos rápidamente
el idioma y no tuvimos problemas para adaptarnos al ritmo de aprendizaje.
Todo el grupo iba a la escuela a caballo, Lothar y yo montábamos
un zaino viejo, tuerto y haragán, que no nos hacía el menor
caso, siempre éramos la cola del grupo, cuando los otros caballos
galopaban, él trotaba, haciéndonos saltar por el aire, si
algo se le aproximaba del lado de su ojo ciego, se paraba en seco y nosotros
dos volábamos por arriba de su cabeza, revolcándonos en
barro, yuyos o las espinosas rosetas.
Con el tiempo también vino un maestro para darnos estudios judaicos,
el sr. Kälbermann, ahí éramos solo los inmigrantes,
y muchas veces se ayudaba usando palabras del alemán para explicarnos
mejor, yo adoraba a este maestro, tenía un don especial para obtener
la confianza de grandes y chicos, si alguien hacía una travesura,
no había castigos, un grito con su voz atronadora era suficiente,
después de clase se sentaba a razonar con quien había causado
el problema.
Entre los chicos naturalmente había peleas propias de la edad,
se discutía por quien tenía el caballo más rápido,
la montura más blanda, el látigo mas lindo. En una de las
peleas Pascual Saper le dijo a Carlos Schuster “vos sos un Faschist”
Carlos le porfiaba “vos no sabes lo que es un Faschist” y
Pascual le repuso “a Faschist is a Versheister” en los recreos
jugábamos a las escondidas, a la rayuela o al huevo podrido, no
sabíamos de figuritas ni había competencia de vestimenta
o artículos de escuela, fue una linda época y muchas de
las amistades formadas en aquel entonces son las que perduran.
Cuando terminamos el 4° grado ya no había suficientes chicos
y se cerró la escuela, muchas familias se había ido del
campo a la ciudad o mandaron a los chicos a la escuela en el pueblo, que
tenía mejor enseñanza, para ello debían alquilar
una habitación en el pueblo y quedarse durante la semana, nuestros
padres no pudieron hacer este esfuerzo por lo que Lothar y yo no pudimos
terminar la escuela primaria, la terminamos años mas tarde en Buenos
Aires.
Nuestros padres lograron con su optimismo que nunca nos sintiéramos
pobres, claro que no había nada en exceso, cuando faltaba dinero
vendían los manteles de Damasco, los cubiertos de plata, las bicicletas
o cualquier otro objeto prescindible en el campo al Sr. Mauricio Truttner
que tenía un negocio de artículos varios, él les
daba dinero a cambio o la mercadería necesitada. Nosotros sabíamos
que no podíamos pedir mucho y aprendimos a valorar lo poco que
había.
Nuestros cumpleaños ansiados no eran fiestas como luego festejáramos
las de nuestros hijos, solo había un abrazo y al lado de la taza
de leche en el desayuno había una tableta de chocolate Dolca, tal
vez un par de medias si estas hacían realmente falta, a la tarde
cuando volvíamos de la escuela había una torta hecha por
mamá y podíamos invitar algunos amigos para compartirla,
juguetes no se compraban, la pelota era de trapos viejos metidos en una
bolsa redondeada y las muñecas eran de medias viejas rellenas,
con cabellos hechos de hilos y ojos bordados con lana, pero la tierra,
el ganado y el gallinero proveían cuanto era necesario para el
sustento, eso si, con el trabajo y dedicación de todos.
Los domingos íbamos a hacer visitas a otros vecinos o venía
visitas a casa, me encantaba escuchar las historias que contaban de sus
vidas en Europa. En especial amaba los días de lluvia en el campo,
el fresco olor a tierra y pasto mojado y el aire limpio, a veces papá
y mis hermanos iban al galpón donde estaban las herramientas y
hacían algún arreglo luego nos sentábamos a jugar
algún juego de mesa, había tiempo para hablar, escuchar,
y compartir con la familia.
Nuestra casa siempre estuvo abierta de par en par para recibir visitas,
mis padres eran muy activos, especialmente papá había sido
buen deportista en su juventud, le gustaba juntar a los jóvenes,
organizaba partidos de fútbol u otros deportes para entretenerlos.
Mi hermana Ilse y mis hermanos Manfredo y Kurt pronto abandonaron la casa
en busca de su independencia económica y profesional radicándose
en Buenos Aires, volvían en sus vacaciones plenos de relatos sobre
las experiencias vividas en la gran ciudad.
Con el tiempo la vida en el campo se hizo mas llevadera, los padres se
organizaron turnándose para llevar la leche a la quesería
del pueblo, el que llevaba la leche también hacía las compras
para todos, se ayudaban en los trabajos pesados, compartiendo arados,
tractores y otras maquinas necesarias para la agricultura, había
colonos que no tenían hijos y en su vida habían visto, ni
siquiera habían oído hablar de ordeñar una vaca,
hubo muchos relatos y odiseas cómicas sobre estos colonos. Teníamos
un vecino un tanto torpe y miope que anteriormente había sido un
exitoso contador profesional en Berlín, pero su profesión
no le servía de nada en el campo, para resolver sus problemas le
pedía ayuda a mi hermano Kurt, él le ayudaba a hachar leña
y a alambrar. Una mañana apareció el vecino muy nervioso
en el corral de casa, por que no podía ordeñar a una de
sus vacas, decía que era muy arisca y no se dejaba maniatar, finalmente
la había enlazado y atado a un poste, mi hermano lo acompañó
para dominar a la rabiosa vaca... que no era tal, con su miopía
no vio diferencia y enlazó al toro al que pretendía ordeñar.
Cuando en 1945 se terminó la guerra se hizo una gran fiesta en
el patio de mi casa que ya era una frondosa arboleda, cercada de tamariscos
y arbustos, se invitó a todas las colonias judías de la
zona, entre papá y el Sr. Nossen habían fabricado salchichas,
las mujeres hicieron ensaladas y tortas y se compraron bebidas, se organizaron
juegos para los chicos y carreras de caballo para los grandes, fue una
fiesta muy linda pero, en el fondo muy triste, solo se hablaba de donde
empezar a buscar a los familiares desaparecidos que no lograron emigrar.
A los jóvenes en el campo le faltaba distracciones algunas veces
nos juntábamos a jugar a las cartas, otras, íbamos en patota
al cine en el pueblo o a algún baile en la cancha tenis, pero no
siempre se podía y las noches eran largas. Aburridos del trabajo
agrario monótono, buscábamos algo para reírnos, algunas
de las ocurrencias eran chistosas y otras macabras, ahuecaron zapallos
recortándole ojos, nariz y boca, le ponían una vela en su
interior y lo ponían delante de la ventana de algún vecino
mientras este dormía, luego hacían ruido para despertarlos
y se divertían cuándo escuchaban los gritos del susto al
ver la calavera mirando por la ventana. En otras escondían los
tachos en los que se transportaba la leche y los llenaban con arena o
engrasaban las riendas dejándolas inservibles por un tiempo. En
una oportunidad el entretenimiento fue pintar caballos, el colono a la
mañana se encontró con animales blancos, donde habían
sido negros y otros con rayas como cebras, un vecino se llevó los
caballos a la comisaría del pueblo denunciando que le habían
robado sus caballos dejándole estos animales raros y alterados
a cambio, para los muchachos era gracioso y se reían a mandíbula
batiente de sus ocurrencias.
Los padres queriendo prevenir estos excesos, juntaron dinero para construir
un salón para actividades sociales, y una sinagoga para los rezos
del sábado y las fiestas altas, se intercambiaban ideas de como
hacer para que la gente joven no abandonaran el campo, la mayoría
de los colonos tenían hijos varones, ya en edad de formar su propia
familia, pero no había parejas para ellos, eso fue uno de los errores
de la IKA había exigido para la colonización que las familias
tuvieran hijos varones para trabajar la tierra y se olvidaron que también
se necesitaban mujeres.
Se recaudó fondos para construir un salón para fiestas y
una Sinagoga, un Dr. en no sé qué de la colonia Avigdor,
de Entre Ríos, vino para ayudar y organizar el programa de inauguración,
se hizo un gran asado, baile con la orquesta formada por el “treifene“
Guido Rosenthal que tocaba muy bien el acordeón y el , kuschere“
Enrique Rosenthal (papá) que tocaba el bombo con platillo y la
armónica, se ensayó con la juventud una obra de teatro y
varios sketchs, todo estaba bien preparado, pero la noche anterior a la
fiesta vino un gran ciclón, con granizo cuyas piedras pesaban hasta
200 gramos, destruyó gran parte de la cosecha, dañó
casas y mató gallinas, los animales se disparaban asustados por
las piedras y también rompió los vidrios del salón,
arrancó el techo y dejó en ruina nuestro escenario cuidadosamente
preparado.
Los Ehrlich y los Lrewkovitz vivían cerca del salón y vieron
como se volaba la nueva esperanza, a la madrugada hicieron correr la voz
de vecino a vecino y todos los colonos disponibles se pusieron a trabajar,
limpiando, secando, juntando las maderas, tirantes, puertas y chapas voladas,
era pleno verano, nuestro techo sería el cielo estrellado con luna
llena.
Sin embargo la fiesta fue un éxito, vinieron de las colonias de
Tres Lagunas, Philipson, Lapin; de Rivera, de Arano y de otros pueblos
cercanos, llegaron en autos, tractores, sulkys, carros, a caballo o caminando,
se comió, se bailó y finalmente se volvió a juntar
colaboraciones, ésta vez para arreglar el desastre que dejara el
ciclón, insisto... ciclón.
Los padres esperaban que las actividades sociales ayudaran a que la juventud
encontrara parejas entre los habitantes del pueblo o las colonias vecinas
y usara estas instalaciones para sus distracciones, también se
compró una mesa de Ping-Pong y se aplanó un cuadro de tierra
para una cancha de fútbol, pero no fue suficiente atractivo y los
jóvenes se seguían yendo del lugar uno tras otro, ya sea
para estudiar, aprender una profesión o independizarse de alguna
manera, ya que el rendimiento agrícola de las 100 hectáreas
de tierra tampoco alcanzaría para la subsistencia de dos familias.
Con el tiempo los padres se fueron quedando solos, ayudados por un peón
asalariado y en el mejor de los casos con uno solo de los hijos. Muchas
familias se fueron definitivamente vendiendo sus tierras a los que quedaban
y así hoy quedan unos pocos colonos en el lugar, ellos fueron adquiriendo
mas tierras para poder subsistir.
También Lothar y yo nos fuimos a Buenos Aires, terminamos nuestro
5° y 6° grado como alumnos libres a los 18 y 14 años respectivamente
cuando dimos nuestro examen de 6° grado nos sentíamos muy orgullosos
era la primera vez que habíamos logrado algo con nuestro propio
esfuerzo.
Trabajábamos en lo que podíamos, Lothar trabajó con
mi hermano Kurt, que había aprendido a hacer instalaciones eléctricas
y se había formado una clientela trabajando independientemente,
pero no se quedó mucho tiempo más en la ciudad, mis padres
le pedían que volviera a casa y trabajara la tierra, también
ellos compraron más campo y cuando Lothar se casó con Dorita
Rubín, papá y mamá se mudaron al pueblo dejándole
la casa y el campo para su administración pero ambas familias vivían
de su rendimiento.
Yo trabajé de niñera, de noche iba a la escuela nocturna
para terminar el secundario, hice otros cursos y trabajé en oficinas,
terminé la Ort como enfermera y me fui a Israel donde estuve desde
el 1954 hasta 1959, volví solo para visitar a mi familia, al poco
tiempo papá se enfermó, me quedé en Rivera a cuidarlo
hasta que falleció, cuando volví a Buenos Aires encontré
a mi marido y me casé quedándome en Buenos Aires hasta 1986,
desde entonces vivo y trabajo en Frankfurt, Alemania, pero viajo seguido
a Argentina y ese pedacito de tierra riverense sigue siendo lo que mas
siento como mi hogar.
Judith
Rothschild
frothschild@gmx.de
::
Músico de Rivera
Mi
nombre es Miguel Héctor Kunz, nací el 14 de agosto de 1938
en la localidad de Bernasconi, Pcia. de La Pampa. Ese mismo año
mis padres se radicaron en este pueblo y desde entonces vivo aquí.
Somos seis hermanos, tres varones y tres mujeres y de todos al único
que se le dio por la música fue a mí. Actualmente soy empleado
del estado en la escuela agraria Dr. Bernardo de Irigoyen en la sección
huertas desde hace 29 años.
Toda mi vida sentí una fuerte atracción hacia la música
pero recién empecé a incursionar en ella por los años
sesenta cuando tuve la oportunidad de tomar por primera vez en mis manos
una guitarra que me había sido regalada por mi cuñado quien
es profesor de guitarra. Recuerdo siempre que él me decía
que yo tenía muchas condiciones para ser músico. Si busco
en mis antepasados a quien le gustara la música supe que mi abuelo
materno gustaba de tocar el tambor o una especie de batería y a
su vez su padre es decir mi bisabuelo tocaba el clarinete. Nunca tomé
clases de guitarra con ningún profesor quizás por no tener
los recursos económicos como para hacerlo. Puedo decir que siempre
fui y soy autodidacta. Me ayudó en ese aprendizaje mi condición
natural o como se diría vulgarmente el “buen oído”.
El inicio de mi carrera como músico comenzó cuando recibí
una invitación a integrar un grupo folklórico llamado “LOS
ARRIEROS RIVERENSES” conformado por dos hermanos de la ciudad de
Santa Rosa, Aldo y Carlos Zorsi quienes tocaban guitarra y bombo respectivamente.
Con ellos estuve aproximadamente un año ya que el grupo se desarmó
por el alejamiento de los hermanos de la localidad. Posteriormente integré
otro grupo también folklórico denominado “LOS ROMANCEROS
DEL ALBA” con Armando Baltián (voz) y Héctor Heimbigner
(guitarra). Paralelamente acompañaba con la batería a Pedro
Resler (acordeón) y con guitarra a Federico Stern (acordeón).
Con este último estuve mucho tiempo. Por aquel entonces me ofrece
Omar Herlein (acordeón) integrar la famosa orquesta de “GODO”.
Al principio pensé que se trataba de una cargada ya que Godo era
una figura reconocida en la zona y yo apenas un simple aficionado a la
música que recién transitaba sus primeros pasos. Este ofrecimiento
me parecía un salto muy grande en mi carrera. Así que inmediatamente
empecé a ensayar con Omar y al cabo de un mes no solo supe todo
el repertorio sino que Omar fue un poco mi maestro porque con él
aprendí mucho. De esta forma en el año 1964 comenzó
mi carrera profesional como músico con el “maestro Godo”
como le decíamos en ese entonces. Estuve cinco años con
él y fui el primer guitarrista que integró su banda. En
ese momento los demás músicos eran: los hermanos Araya (piano
y batería), Omar Herlein (acordeón), Víctor Richard
(voz), Saúl Segal (violín), Rubén Darío Gervasoni
(voz), Godo (bandoneón) y nuestro representante era Coco Picosky.
Hicimos varias jiras con cantantes de tango como Alberto Echagüe,
Oscar Larroca y Carlos Dante. Luego le siguió otra jira con Adolfo
Verón y los payadores Walter Mosegui y Gustavo Guichón.
Al tiempo vino otra jira de seis cantantes de tango integrada por: Aldo
Calderón, Roberto Manzini, Rubén Darío, Juan Carlos
Godoy, Floreal Ruiz y Jorge Valdés. Posteriormente hicimos otra
jira con Adolfo Verón a partir de la cual queda incorporado a nuestro
grupo Juan Pablo Schneider mas conocido como “cachilo”, mi
gran amigo, quien tocaba el bajo. Me alejé de la orquesta de Godo
cuando descubrí que esta actividad no me permitía tener
un trabajo paralelo, por la gran cantidad de horas que le dedicábamos
a la misma, que me posibilitara junto con los ingresos de la orquesta
mantener a mi familia a quienes veía muy poco por las razones mencionadas
anteriormente. A partir de allí seguí en la actividad pero
solo lo hacía los fines de semana. Hice algunos bailes sueltos
con “LOS DINAMICOS DEL RITMO” integrado por los hermanos Stiep
(acordeón, batería y guitarra). También estuve con
Ringelman (acordeón), Pirosanto (piano), Albino Mota (violín).
Después de eso me invitaron para integrar el grupo “LOS JOMER’S”.
Con ellos estuve cuatro años y en ese momento el grupo estaba formado
por: Adalberto Rupel (teclado), Horacio Dietrich (batería), Ricardo
Graff (voz), Hugo Carrasco (bajo), José Balvidares (guitarra).
Luego de ello el grupo se disolvió. Al poco tiempo formamos un
trío conformado por Saúl Milner (teclado) y Ricardo Graff
(batería y voz) llamado “ZOCALO” para hacer la temporada
en Lago Epecuén, tocamos dos años. Luego volví a
tocar en algunos bailes sueltos con el grupo “AUSTRAL”, con
Quelo Nagore (voz) y con Mario Pop (teclado). Por ese entonces formamos
junto con Tito Monje (acordeón), Dante Gigena (bandoneón),
Omar Herlein (acordeón), Leopoldo (Polo) Alcayaga (batería)
y Cachilo Shneider (bajo) con el objetivo de tocar en el baile de lechero.
El grupo funcionó bastante bien así es que decidimos continuar
con el mismo pero sin O. Herlein y D. Gigena. A partir de allí
el grupo comenzó a llamarse “TITO MONJE Y SU CONJUNTO”.
En un momento determinado Cachilo Shneider se retira del grupo y en su
lugar viene otro gran amigo el bajista Walter Heimbigner. Posteriormente
también él se retira y ocupa su lugar Armando Baltián.
Juntos estuvimos once años. Esa etapa fue maravillosa en mi vida
de músico. Me quedaron muy buenos recuerdos de ella. Con Tito Monje
aprendimos mucho ya que era un músico muy experimentado. Después
de la disolución del grupo conformamos otro llamado “S.O.S”
integrado por A. Baltián, O. Herlein, V. Richard, René Espinosa
(batería) y Sandro Heguel (voz). Por ese entonces la mayoría
de nosotros ya éramos medio viejitos comenzaron otros tiempos de
disc jockey’s, sin embargo las ganas de seguir tocando nunca se
apagaron. Luego de esta etapa me convocaron del grupo “ALFA”
con quienes estuve dos años. Luego acompañé a Raúl
(Ruly) Heimbigner (bajo) actualmente llamado grupo ”CORAJE”.
También formamos un grupo con Rubén Bayer (acordeón)
denominado “LOS YAKANSAN” integrado por: S. Heguel y R. Espinosa.
Por último me gustaría nombrar a los músicos que
han pasado por mi vida y a quienes no nombré hasta ahora ellos
son: Victor Ríos, Humberto Heguel, Ezequiel Álvarez, Facundo
Heimbigner, Eduardo Pop, “Pucho” Wilches, Mauro Kesler y Juan
M. Díaz. Todos ellos pertenecen a la nueva generación de
músicos riverenses.
Debo agregar que también tuve una participación de aproximadamente
dos años en el coro municipal de Rivera integrando las voces tenores.
De mi vida musical destacaría las grandes satisfacciones que ella
me ha dado, me permitió conocer mucha gente con quienes en general
pude establecer muy buenas amistades.
De los estilos musicales me identifico con el folklore, jazz y tango aunque
me agrada toda la música en general siempre que ésta sea
de buena calidad y sea tratada con respeto.
De toda mi carrera musical me quedaron infinidad de anécdotas,
algunas de ellas muy divertidas pero no podría seleccionar ninguna
porque todas tienen la misma importancia y el mismo lugar en mi corazón.
Actualmente mi proyecto, que ya está en marcha, es tener alumnos
y transmitirles mis conocimientos y mi experiencia para que Rivera siga
teniendo músicos.
Lo que me hubiera gustado hacer y que es para mi una deuda pendiente es
haber estudiado el profesorado de guitarra.
::
Rivera
Hace
momentos termino de anoticiarme de la existencia de la página y
la emoción y el recuerdo invaden mi mente. En una especie de cinema
paradiso, me veo nuevamente sentado en la fila 11 butaca 1 del Centro
Cultural Israelita, viendo la película de mi pueblo. Aquella que
nos contaron los mayores; la que vivimos y también la que nos inventamos;
la realidad y la leyenda.
Pensaba reflexionar sobre los orígenes, el 1905; los primeros pobladores,
como y porque vinieron? Que hacía allí don José Ratuschny
–mi bisabuelo-; como fueron los primeros años? O rescatar
los olvidados, como el anarquista Cotyura del que me contaba mi abuelo
Israel. Creo que esto quedará para otra oportunidad. Siento que
hoy el que debe hablar es el alma.
Parafraseando a Aníbal Troilo: Quién dijo que me fui de
mi pueblo? Cu{ando? Si siempre est{a dentro de mi, si siempre estoy volviendo.
A veces la vida pareciera que te aleja, sin embargo se produce una extraña
compensación. En mi caso la distancia le dio relevancia inmensa
a Rivera como lugar único en el mundo, que definió para
siempre mi identidad, pertenencia y manera de ser. Rivera es el país
de la infancia, territorio de los sueños, Jerusalem de las Pampas,
centro existencial del universo. Son los valores que nos transmitieron
los zeides y las babes; la solidaridad que lo construye todo, cooperativas
e instituciones; son los ideales de los sionistas y los socialistas; las
enseñanzas de los maestros, es Szwymer y Rolla, la Escuela Agraria
y el Instituto Mariano Moreno; son mis viejos y el legado de los libros
y la justicia; los amigos fraternos, los que están y los que se
fueron; el primer amor y el primer cigarrillo; las calles de tierra, el
viento y la quietud de las noches de verano; es Marcos Vaisman y el Pelado
Sequeira; es el corazón que se comparte por una camiseta verde
y la pasión azul y oro; y es aquel gol maradoniano del Angel de
Villa Golberg, llamado “El Chocha Palacios”.
Norberto Dorensztein
::
La Pampa seca y lejana
A
ese lugar fantasmal de nombre, Rivera, viene llegando somnoliento y con
un oscuro bostezo de humo negro, tan solo un vagón de ferrocarril
Julio A. Roca, es decir, “del Sud”.
¿La razón de tamaño evento? La inauguración
del hospital “Dr. Noé Yarcho”, primero, y único
hospital del pueblo.
El invitado especial, era don Fortunato Ocaña, obcecado líder
del partido conservador quien luego de largos años, de mansa espera,
fue nombrado intendente del partido de Adolfo Alsina, concretando así
su máxima aspiración política, social y algunas otras...
El pueblo de Rivera, colonia judía en sus orígenes recibió
luego de interminables penurias de todo tipo, unas parcelas de tierra,
gracias a la intervención del barón Hirsch. Estas parcelas
se repartieron y algunos colonos quedaron con ellas. Podríamos
agregar que el nombre del pueblo, no era arbitrario. Un ignoto Gral. Rivera,
por orden superior del gobierno asoló con un escaso grupo de soldados
a sueldo, estas somnolientas e indefensas tierras. La orden oficial era
“exterminar a los atrevidos e incautos indígenas venidos
de no se sabía dónde, e instalados allí. Los perseguidos
sin nombre y sin pasado, se rindieron mansamente.
A partir de esta asesina victoria, los actuales vecinos, se sentían
humillados, porque no podían recordar a cuantos indígenas
había ensartado el gral. en su lanza, ya que no quedaba ningún
sobreviviente de la masacre.
Este día tan particular, era preso de un despiadado y tórrido
verano. Trajeados con ropa dominguera, los miembros de la comisión
de recepción disimulaban su impaciencia, secando con un gesto mecánico
su traspirado rostro.
La estación de ferrocarril, se iba colmando de gente. Una multitud
de vecinos, ante un acto tan inusual en aquellas soledades, había
bajado a media mañana las persianas de sus negocios, y avanzaban
chacoteando hacia la estación del ferrocarril. Algunos años
después, harían una caravana semejante el día que
fue trasladado en igual forma, el primer toro de raza para la estancia
“La chicana”, famosa por su ganado. También ese día
avanzaban curiosos para ver el magnifico semental shorton, adquirido por
Don León, figura legendaria en el pueblo.
Los vecinos con sus manos de visera para protegerse de los rayos de sol,
de ese bochornoso verano, esperaban. La estación con sus verdes
bancos de madera, injuriados por leyendas adolescentes. A un costado descansaba
la fabulosa balanza con sus redondas pesas suspendidas de una varilla
de metal, con los números apenas visibles por el paso del tiempo.
No faltaba la campana de bronce (gozosa por el brillo que había
recibido esa mañana) testigo de tantos encuentros y despedidas.
La figura clara de la estación era el forzudo changarín,
Apolinario Podolsky (lo llamaban el zurdo) quien soportaba sobre sus atormentados
hombros los bultos, a punto de deslizarse de su carromato. La casa de
Apolinario era la sala de espera del ferrocarril, durmiendo en suspenso,
acosado por los ruidos de los trenes de carga. Su mundo era éste,
y siempre repetía ¡El día que me saquen de aquí
será con los pies para adelante.
La muchachada se había encargado de embanderar los edificios oficiales:
municipalidad, iglesia, templo, escuelas, y hasta la entrada de los vetustos
cementerios, cristianos y judios. En un lugar destacado del flamante nosocomio,
ondeaba con no disimulado orgullo, las mas coqueta bandera del pueblo.
También en torno a ella había una sabrosa anécdota.
Tres miembros de la comisión de homenaje viajaron a Buenos Aires
para comprarla. Se alojaron en el mismo hotel y pararon un taxi para llegar
a la dirección que tenían anotada en un papel. El taxista
al darse cuenta que eran pajueranos (ajenos a la ciudad) los paseó
un buen rato, les mostró el Congreso Nacional, la Casa Rosada y
cuanto edificio aparecía. Por fin los dejó en su destino,
cobrando una suma bien abultada. Nuestros viajeros se dieron cuenta que
el negocio estaba frente a su hotel. Hicieron la compra, se tomaron de
las manos para cruzar la calle y uno de ellos dijo, para disimular semejante
humillación:
–“Podemos estar contentos de haber conocido la ciudad”.
Las flores silvestres recogidas para el homenaje, casi desvanecidas pro
el calor agobiante, recibían cansinamente unos pocos chorros de
agua.
Los pequeños y curiosos escolares, con las escarapelas ensartadas
en sus blancos y rígidos delantales (almidonados generosamente
la noche anterior), se impacientaban.
Por fin se vio la señal baja; el tren se acercaba ¿bostezando?
su letanía, su paso se aminoraba y ya estaba aquí. Se vio
una máquina modesta, adornada con las cintas de los colores patrios
que arrancó un estruendoso aplauso. El primero que divisó
la punta de un negro zapato charolado, pensó: ¡La pucha que
se vino de brillo el compadrito!
Un mechón de pelo negro, relumbrante de gomina, caía sobre
la frente del intendente, ocultando su indecisa mirada. Entonces, levantó
sus manos, las unió vigorosamente, y dijo:
¡Salud pueblo, que dios los bendiga!
El funcionario venia acompañado por dos empleados de su escolta
personal que asomaron sus transpiradas caras por detrás de Don
Fortunato. Tenían orden de no abrir la boca. La ceremonia comenzó
con la canción patria, cuyo disco de pasta, fue coreado con fervor
patriótico. Las últimas frases de cada verso iban flotando
solitarias ya que el publico era más lerdo que la velocidad del
disco. Los calurosos aplausos saludaron con emoción y una niña
pequeña, con delantal blanco, depositó en manos del intendente,
un ramo de flores silvestres. Inesperadamente saltó una avispa
y se depositó resueltamente en el negro lunar de la mejilla del
intendente, quien con total displicencia se sacudió la avispa,
dando muestra de hombría machaza. A continuación un niño
de tercer grado, temblando de pavura recitó el verso que tanto
le costó memorizar: “En este día de alegría,
tome Sr. Intendente estas flores nuestras”. Era el segundo ramo
de flores silvestres, que el funcionario agradeció, muy atento
al ataque de avispas erráticas. Al oscuro silencio, en pocos segundos,
siguió un estruendoso aplauso y la madre de semejante prodigio
no advertía como se deslizaban las lágrimas por sus mejillas.
Un miembro de la comisión de homenaje tomó bruscamente al
visitante por el brazo. Ya estaba esperando la camioneta. Los acompañantes
del intendente, iban sentados en la parte posterior, a cielo abierto,
con pañuelos en la cabeza, para protegerse de una probable insolación,
en tanto, la camioneta dejando espesas nubes de polvo, a barquinazo limpio,
se acercó al hotel “Las Delicias”. El dueño
les ofreció amablemente una copita de grapa brindando todos, por
la salud del pueblo argentino, hasta que por fin los huéspedes
hambreados y con un cansancio mortal, se desplomaron en las camas de la
habitación. Con los ojos abiertos y el ventilador sobre sus cabezas,
seguían en redondo el movimiento del mismo, y poco a poco quedaron
profundamente dormidos.
Al cabo de una escasa media hora se oyeron golpes a la puerta “-
Bueno Sr. Intendente, se acabó la joda” y ahí nomás
comenzó la peregrinación suicida; atravesaron todos los
lugares antes mencionados; el que iba al volante, saludaba visiblemente
emocionado a la gente, en tanto que Fortunato Ocaña y su comitiva
o podían superar el letargo. Así, luego de un alto muy breve
en cada lugar, salvo los cementerios, para no entorpecer las paz de los
difuntos. Y al fin, rodeado por la fiel multitud llegaron al flamante
hospital. A la entrada y en silla de ruedas se divisaban dos señoras
mayores, muy entretenidas con el espectáculo, inmediatamente el
Sr. Intendente, seguido por sus acompañantes, entraron al nosocomio
y les fue presentado el equipo de dos médicos y dos enfermeras.
Visitaron las salas, y el funcionario tomó en sus manos un bebé
recién nacido que eructó un líquido blanco y pegajoso
sobre el saco “de perdiz”. (-¡Por metido!, pensó
Ocaña, sonriendo a la enfermera. Sólo faltaban los discursos.
Se plantó el presidente de la comisión de homenaje y dándole
una palmada en la espalda a Don Fortunato, dijo: “Siñor,
intendente Don Fortunato Ocaña, bienvenido al Hospital Noé
Yarcho, este pueblo espera que el año que viene pueda Ud. dejarnos
más plata de la que nos donó y a continuación y con
voz estentórea agregó - -“¡Qui todo qui naci,
qui viva!” *; se oýo entonces una voz indignada: “¡Siñor,
qui todo qui nazi qui moira!”, a lo cual contestó el presidente
“Siñor, yo dijo naci de naciva”, y dieron por terminada
la discusión con un cerrado aplauso de los presentes.
La comitiva se dirigió a una carpa de lona, alistada para comer
el tradicional asado con cuero, chinchulines, riñones, chorizos
(y todo lo que da sabor a la vida), rociado con quebracho tinto. Los convidados
eufóricos y descontrolados en coro y a capella entonaron vidalitas
y chacareras, invitando al zapateo.
Ya entrada la tarde alucinados por tanta carne y vino con los trajes sudorosos
pegados al cuerpo, los visitantes fueron trasladados, ¿a barquinazo
limpio?, a la estación de ferrocarril, y Don Fortunato saludó
efusivamente a la multitud alzando sus brazos en un gesto emocionado.
Lejos, sentado en el suelo cubierto con su capa haraposa, estaba Cristul,
el loco del pueblo, agitando una banderita de papel.
15/01/04
24/01/04
Ana Karabelnicoff
* De nacer, forma de expresión judía, arrastrada durante
la diáspora.
::
¡CASI MEDIO SIGLO!
El
19 de septiembre de 1956, al atardecer, llegué a Rivera con mis
padres y mi pequeño hijo de cinco años, desafiando las arenosas
calles de Yutuyaco. Llevábamos un período de sequía
en que se imponían el viento y las nubes de tierra.
Nuevamente rehacíamos la unidad familiar, suspendida por dos años,
desde que mi hermana me precedió al establecerse aquí por
razones de trabajo.
Yo venía de un fuerte golpe sentimental que no llamo fracaso porque
de mi matrimonio me quedó un hijo, que es lo más valioso
que me dio la vida. En Rivera recuperé la fe en la vida, la alegría
de vivir. Hubo momentos muy dolorosos ante la pérdida de seres
queridos, pero otros en que toqué el cielo con las manos.
Ocupamos dos piezas, cocina y un pequeño baño en un patio
con viviendas compartidas, en la casa de don Isaías Alperín.
El 20 de septiembre empecé mi trabajo como maestra de grado en
la Escuela N º 12, bajo la dirección de Tasi Céjpek,
que fue mi gran amiga desde entonces.
Agradecí llegar a Rivera como maestra y no como cartero. Se se
veían nombres en las calles ni números en los domicilios,
y cuántos apellidos difíciles.
Me hice cargo de un grado inferior, al frente de treinta cabecitas, casi
todas rubias, cuyos dueños tenían apellidos muy difíciles.
Uno de ellos, sentado en la primera fila, tuvo sus ojitos puestos en mi
toda la tarde. Hoy se ríe cuando le pregunto si estaba enamorado
de mi. ¿Verdad Juancito?
Trabajé muy pocos días en ese turno. Yo no podía
asumir funciones en la Enseñanza Media, donde tendría mi
lugar, si no pasaba en la escuela primaria al turno mañana. Una
colega, a quien conocí entonces, aceptó cederme su grado
de la mañana y ocupar mi puesto. Se llama Cyma Ravich esa genero
señora. ¡Gracias, Cyma!. El tuyo fue el primer gesto positivo
de los muchos que se sucederían desde mi llegada a este pueblo.
En la escuela tuve mi lugar en el turno de la mañana y así
pude asumir mis funciones en el Instituto Mariano Moreno, bajo la conducción
del Dr. Pedro Felipe Rolla. (El querido Dr. Rolla).
A su lado trabajé casi veintiséis años; nos apreciamos
mucho mutuamente e hicimos una buena amistad, pero para mi fue siempre,
respetuosamente, el Dr. Rolla. Así eran las cosas hace cuarenta
y ocho años, cuando yo llegué a Rivera.
Trabajé sin interrupción en la escuela primaria hasta el
año 67, en que pasé a ocupar la conducción de C.
I. E (Centro de Investigación Educativa), hasta 1970, en que cumplidas
las condiciones exigidas, me jubilé.
Tengo muy grato recuerdo de mi paso por la escuela primaria, con buenos
compañeros-amigos, con los que compartíamos trabajo, y un
recreo de las 10 de la mañana, inolvidable, donde siempre había
un té con algo para comer, a veces unas rodajas de ricos chorizos
caseros.
No puedo decir cuántos niños conduje en esos catorce años
en grados distintos. Fueron muchos. A algunos aún los frecuento;
de otros tengo presentes sus caritas y su amor. Todavía guardo
un papelito escrito por ti, Lesita Witznivetzky, la del apellido más
difícil, que decía: “la quiero mucho”. ¡Qué
cosas tan hermosas se viven junto a los chicos!
Durante tres años pasé de grado junto con mi grupo, en el
que estaba mi hijo Polito; en ese grupo que fue mío tres años
en la primaria y casi todos ellos, cinco años en el secundario,
tengo todavía la sensación de que son un poco mis hijos.
El Instituto Mariano Moreno me absorbió. Cubrí varias cátedras
distintas, de acuerdo a las necesidades del Colegio, hasta que más
o menos tres años después, unifiqué mi tarea con
la materia que siempre fue mi debilidad: Lengua y Literatura. Hicimos
un cambio con mi querida Yolanda Moguiliansky, que unificó su cátedra,
mientras yo hacía lo mismo con la mía. Y en eso seguí
hasta 1982, en que consideré que ya correspondía retirarse
y dejar las cosas a gente más joven. Pero todo lo vivido allí,
sigue siendo mi mayor capital, incluyendo tres viajes de egresados, en
los que salí como acompañante y regresé con un excelente
grupo de amigos.
El Instituto Mariano Moreno, ahora bajo la dirección del señor
Néstor Catalano, sigue siendo un poco mi segundo hogar. No lo visito
tan seguido como quiere Néstor, porque allí todo el mundo
está ocupado con su trabajo. Pero qué bien me siento cuando
entro y encuentro un Colegio que crece día a día, y tantos
profesores que en años pasados fueron allí mis alumnos.
Es muy bueno ver que gente tan valiosa continúa una tarea que amé
tanto.
Rivera me recibió muy bien. El primer tiempo me sorprendía
cuando pasaba ante grupos de gente que hablaba otro idioma; ante la Cooperativa
Granjeros Unidos, donde cubrían media cuadra carritos rusos tirados
por caballos; (entonces había en el pueblo sólo cinco automóviles);
cuando caminando con mi hijo por las calles de tierra, él se detenía
a recoger cosas. Todo era novedad para él, que venía de
Pehuajó, pequeña ciudad con calles pavimentadas que se barrían
todos los días.
En el Instituto se sucedían los profesores, ya que muchos de ellos
cambiaban de domicilio o de tarea. Los recuerdo a todos. Con muchos de
ellos compartimos varias horas y nos hicimos amigos. Quiero mencionar
a Rosita Schejter, que ocupaba un cargo administrativo. ¿Por qué?
Ella fue la primera persona de la colectividad judía que me invitó
a compartir la cena en su casa, cuando llegó Rosh –Hashaná
(el año nuevo judío), pocos días después de
mi arribo a Rivera. Ese mismo año, al empezar 1957, cené
invitada por la familia Lapacó, en su estancia “La Chiquita”
porque su hija Nilda terminaba cuarto año. Así me recibió
Rivera; así me recibieron cristianos y judíos; con todos
tuve muy buena comunicación; con muchos hice una firme amistad
y junto a todos ellos me siento identificada.
Por algo en el informe que hice sobre la actividad cultural, a pedido
del Centro Cultural Israelita , entidad que presidí durante dos
años, termino diciendo que Rivera tiene algo muy especial, que
creo está en su gente. Algo que nos atrapa y hace que muchos de
los que hemos sido un poco nómades terminemos echando raíces.
Adelinda
Castillo de Alcayaga
::
Introducción a la poesía dedicada a Rivera con motivo de
cumplir esa ciudad y sus colonias en Abril de 2005 un siglo de existencia.
A la población
de Rivera y sus colonias quien les habla: Félix Pauwels
Pretende con permiso de ustedes llegar con esta narración a todos
mis conciudadanos para referirme a nuestro querido terruño que
nos viera nacer y crecer, donde cada uno de nosotros guardará en
su memoria y en su corazón los recuerdos de su niñez, adolescencia
y pasajes de su vida en este lugar.
Mi propósito es rendir el homenaje a quienes fueron los pioneros
y continuadores de la fundación de esta ciudad y sus colonias que
a mi juicio son un ejemplo de tenacidad que pusieron de manifiesto para
lograr la grandeza que hoy ostenta a través de sus 100 años
de existencia, conste que su comienzo tuvo lugar en los albores del siglo
pasado, con la llegada de los inmigrantes judíos. Por lo cual les
deseo de todo cariño esta composición.
A RIVERA
CON MOTIVO DE CUMPLIR SU 100 ANIVERSARIO
He venido a Rivera
después de tanto tiempo,
He vuelto a visitarte mi pueblito natal
Y encuentro que te festejan 100 años de tu existencia
Que en la cuenta del tiempo orgulloso llevas.
Me siento emocionado
al verte cambiado
Tus calles asfaltadas, tu progreso rural
Si te vieran los hombres, aquellos que formaron
Tus chacras, tus colonias y todo lo demás.
Quisiera en estos
versos rendirte el homenaje
Cual el hijo dilecto que regresa a su hogar
Y decirte Rivera que nunca te he olvidado
A pesar los años que yo falto de acá.
En mi mente reviven
los años de la infancia
Aquellos los más lindos cuando en la “nacional”
La escuela tan querida en donde concurría
Y en la cual se forjaba mi personalidad.
Recuerdo a tus pioneros,
los que aquí comenzaron
Siendo yo muy pequeño, los llegue a conocer.
Que junto a mis mayores que acá también lucharon
Para que así Rivera pudiera florecer.
Si ustedes me permiten
pueblo que está presente
A través de estos versos hacerles recordar
Algunos de los nombres, de estos bravos colonos
Que fundaron Rivera para la Eternidad.
Por ejemplo Pirotzki,
Esevich, Slovinski, Ratuznik,
Slapacoff, Capustianski, Rifkin, Sigal y muchos más.
Perdonen si se encuentran acá los descendientes
De tantos que merecen nombrarlos por igual.
Todos ellos llegaron
con aquella esperanza
Que en esta noble tierra podrían encontrar la paz,
Y la alegría del trabajo fecundo
Legándole a sus hijos dicha y prosperidad.
Vinieron de muy lejos,
de Rusia, de Polonia
Trayendo su cultura, Credo, Capacidad
De origen Israelita, como eran todos ellos
Formando de este modo su colectividad.
Se debió todo
ello a ese gran visionario
Que adquiriera estas tierras, en un gesto feliz
Para esos inmigrantes que llegaban gozosos
Fundando con su nombre colonias BARON HIRCH.
Se ha cumplido ya
un siglo desde aquellos comienzos
Fue muy dura la lucha que debieron librar.
Hoy las generaciones que continúan su esfuerzo
Nos muestran el progreso que han logrado alcanzar.
Rivera y sus colonias,
que gran ejemplo han dado
De su pueblo Culto, tesonero y capaz.
Y el cooperativismo que siempre han practicado
Hoy va dando las metas que quieren alcanzar.
La unión hace
la fuerza, reza el viejo precepto
Y “Granjeros Unidos”, lo supo demostrar.
Esta Cooperativa que desde sus comienzos,
Fue orgullo de Rivera y su sociedad.
Como hijo de Rivera
quiero en esta proclama
Todos sus habitantes poder homenajear
Autoridades, pueblo que conforma su gente
De lo que veo y recuerdo poderles expresar.
Mi gratitud eterna
a las educadoras
Maestras de esas épocas, que hoy voy a recordar.
Dejaron su enseñanza, educación, respeto,
Como un ejemplo vivo a la posteridad.
También para
los médicos que acá se establecieron
Con todo el entusiasmo que supieron poner.
Sí el que se asistió a mi madre cuando llegue a este mundo
Como voy a olvidarlo ¡¡ fue el Doctor Sonemberg !!.
Y fue así
en los albores de esta ciudad, Rivera
Que hubo grandes doctores que es digno destacar.
Recuerdo aquellos tiempos frente a la vieja escuela...
Tenía su consultorio el señor Doctor Sas.
Luego en el mismo
sitio fue por el 30 y tantos
Como muchos de ustedes lo deben recordar
Se instalo allí otro médico que llegaba a Rivera,
Con aquellos deseos inmensos de triunfar.
Mauricio Glik, su
nombre.
Qué brindo sus servicios tanto en el consultorio,
Como en el hospital, fue el médico sensible,
Capaz y generoso, aquí dejo su vida, quien lo podrá olvidar.
Y es así que
hubo muchos de esos dignos Doctores,
Que con todo respecto hoy me atrevo a nombrar,
Para así de este modo rendirles su homenaje.
Y que sus nobles almas hoy descansen en paz.
Luego los comerciantes
que acá se radicaron
Luchando palmo a palmo para poder llegar
A lo que hoy es Rivera gracias a su pujanza
Ya no es aquel pueblito, Hoy es una Ciudad.
También se
incorporaron a trabajar las tierras
Hombres de otras culturas y algunos del lugar.
Empuñando el arado para labrar praderas
Para que la semilla pudiera germinar.
Así todos
lucharon junto a los israelitas
Con tesón sin flaquezas, para llegar al fin..
Como los ganaderos, que empezaron sin nada
Les pongo como ejemplo los Vascos Ocerín.
Por eso que Rivera
es un Crisol de Razas.
Somos los descendientes de aquellos que al llegar
Formaron sus familias y nacieron sus hijos
Entremezclando entonces acaso su nacionalidad.
Ahora para ustedes
que son protagonistas
De este hermoso progreso que han logrado obtener
Deseo que todos se sientan optimistas
Desafiando el futuro que queda por hacer.
Permítanme
a todos poder felicitarlos
Como conciudadanos, quererles expresar
A cada uno de ustedes, en lo que represente
Gran éxito en la vida y ventura personal.
Rivera y sus colonias
acrece tu grandeza
Tu laboriosa gente que son tu potencial
Sigue firme la ruta de aquellos precursores
Imponiendo el progreso con un claro ideal.
Por último
Rivera mantendré esta promesa
Cada vez que yo pueda te vendré a visitar
No podrá la distancia, ni el correr de los años
Hacer de te olvide, eso nunca, jamás ¡!
Félix Pauwels
Agosto de 2004
::
Rivera 1939
Salgo
de mi casa donde nací hace cinco años, hoy 25 de mayo Nº
40, y me dispongo a caminar por el pueblo. Lo hago con frecuencia, pero
hoy quiero hacer un relevamiento de las empresas y oficios que encuentro
a mi paso. Me acompaña “Pistola”, mi perro, de manera
que ni bien salgo hacia el este, a mitad de cuadra encuentro la panadería
de Arcusin, luego en la esquina (25 de Mayo y Los Colonizadores) la agencia
Ford de Bernardo Faure, enfrente, el Hotel Español, de la familia
Sanz, y a la vuelta (por Los Colonizadores) hacia el norte, la sastrería
de León Schamsanovsky. Sigo por la vereda de Faure hacia el este
y veo un enorme salón donde en otros tiempos se proyectaban películas,
pero hoy, alberga el taller mecánico de Enrique Abadie.
En la vereda de enfrente, la oficina de Correos, desde donde alcanzo a
ver a su jefe Antonio Moscoso, el papá de Godo.
Saludo al doctor Sonemberg en su esquina y enfrente a doña Leonor
Repossi, en la puerta de su taller de costura.
Sigo hacia el este y entro al patio donde funciona el taller mecánico
de Don José “Pepe” Gigi, quien me dice que no puedo
quedarme, pues soy muy chico y me puedo caer a la fosa (hoy cuartel de
Bomberos Voluntarios). De manera que lo saludo y sigo viaje. Vuelvo sobre
mis pasos rumbo al sur (hoy por Tucumán), por la vereda de las
oficinas de la Primera Maltería Argentina, ahí me entretengo
un ratito hablando con mi amigo “Beto” Resnicoff, el hijo
del gerente, y sigo viaje para ver el camión Ford V8 modelo 1936,
de Don Juan Cejpek, en la puerta de su casa, donde funciona la sodería
y envasadora de Bilz, hoy Tucumán ... Enfrente el “Banco
Agrícola Ganadero”. En la esquina del boulevard, la farmacia
de Marcos Sas y a pocos metros sobre el boulevard de pinos hacia el oeste,
la oficina de la Unión Telefónica.
En
la otra esquina un “chalet” de madera, donde vive Solano y
en el patio contra la casa, está estacionado su Ford T , que tiene
un cartel en el parabrisas que dice “Auto de Alquilier”. Cada
vez que lo pone en marcha todos nos enteramos por las explosiones del
motor, que han llegado a provocar la estampida de algún caballo
con carro o sulky detrás.
A media cuadra, y siempre sobre el boulevard, antes del “Schill”,
la carpintería de Rosenblat.
Sigo hacia el sur y veo el almacén de Don Matzkin, donde también
se hacen trabajos de hojalatería, al lado, el almacén de
Vain y luego el depósito de vino y papas de Gregorio y Marcos Vaisman,
con su camión Ford A modelo 1929 en la puerta. En la esquina hoy
Teodoro Hertzel y Tucumán la tienda de Lifschitz, antes la carnicería
de Elman, enfrente la esquina de León Karabelnicoff, (respuestos,
cereales, etc) Y en la otra esquina Breitman Hnos. (Ramos Generales)
Rumbo al este, camino al Hospital Yarcho, a mitad de cuadra, Zelig Vischnivetzky
(venta de pasto y harina para panificar) Siguiendo sobre la misma vereda
la carnicería de Pogost y en la esquina el almacén de Ravich.
A la vuelta y por la calle hacia el norte (Saavedra), paso por una casita
forrada en chapas, donde una mujer entrada en años, está
hilando lana con su rueca. Al lado saludo a su vecino “Don Abromitzie”
cuyo verdadero nombre desconozco, es un viejito muy simpático.
Regreso hacia el sur y llego a la segunda esquina, hoy Uruguay y Saavedra,
donde está la herrería de Benjamín Ravich, afilando
sobre el yunque, unas rejas de arado, lo veo como a un gladiador, su torso
desnudo y su musculatura aún mas marcada por el efecto de la luz
que proyecta el fuego de la fragua.
Desde ahí, me dirijo hacia el oeste, paso por la panadería
de Corona y en la cuadra siguiente la carpintería de “Moishe
Stoliar” (así lo llaman y desconozco su verdadero nombre)
enfrente el taller de Slutzky y al lado sobre la misma vereda, la herrería
de Slobodietzky. En la vereda de enfrente el almacén de Don Bernardo
Cohan, “el Ruso Negro”. Y así llego a la esquina de
Abrashkin, donde en otra época funcionó un corralón
de materiales, propiedad de Yeuda L. Abrashkin. A partir de esa esquina
y hacia el norte comienza algo así como el ”Barrio del Once”
de Rivera, pero antes de internarme en él, quiero llegar hacia
el oeste por la misma calle (Uruguay) al taller de Fischquin, enfrente
el estudio fotográfico de Kantorovich y en la esquina, la herrería
de Morosoff desde donde alcanzo a ver la Usina eléctrica y fábrica
de hielo de Estegui.
Regreso sobre mis pasos hasta la esquina donde dije que comenzaba el “Barrio
del Once” y me dirijo hacia el norte (hoy Los Colonizadores). Veo
el almacén de Dobrusin, las oficinas de Chervinsky y Javkin (comercialización
y acopio de cereales) enfrente el consultorio odontológico del
Dr. Gregorio Abrashkin, la frutería de Dorenstein, al lado de un
local cerrado, que en el frente tiene una chapa ovalada donde leo “Partido
Demócrata Nacional”. Enfrente la tienda “La Confianza”
de Sarachansky, el almacén de los Hermanos Sack y en la esquina
la “Tienda Galli” de Luchinsky, pero antes y en la vereda
de enfrente la sastrería de Oscheveroff, y en la otra esquina la
gomería de Aravsky. Enfrente la tienda de Benjamín Rivkin
y en la otra esquina la confitería de Don Juan Cejpek .
Siguiendo hacia el este ( rumbo al Hospital) está el bazar de Manuel
Guiller, enfrente la carnicería de Halsband, la peluquería
de Roitman luego el despacho de pan de Kasakevich, enfrente el almacén
de Slobinsky, la mueblería de Guiller, enfrente la talabartería
de Schejter y al lado el almacén de Don Tendler. Entro a saludarlo
porque le ayudo a vender el pescado cuando lo recibe por tren desde Bahía
Blanca. Es decir, manejo el carro con su viejo y manso tordillo y él
va voceando con toda su energía “FISCH HERINGAJ!!!”,
y así recorremos el pueblo, hasta que liquidamos la mercadería.
Pero esa es otra historia.
Siguiendo por la misma cuadra, siempre hacia el este, la tienda Blanco
y Negro de Abraham Ratuschny, enfrente el almacén de otro Kasakevich,
luego el almacén de Milstein, después el negocio de Serdikova,
con venta de diarios y revistas que en ciertas ocasiones va a buscarlas
en bicicleta hasta Carhué!!
El almacén de Isaac Slobinsky, la bombonería y heladería
de Alesker y al lado el “Conservatorio Chopin”. Enfrente el
almacén de Lipe Katochinsky.
Llego
a la esquina de Karabelnicoff (Teodoro Hertzel y Hipólito Yrigoyen)
y me dirijo hacia el sur, veo la carnicería de Dembo, la panadería
de Smolkin, el almacén de ramos generales de Moisés Trutner,
enfrente el taller de calzado de Don Barindorff, la librería de
Lugones y el despacho de bebidas de Reskin (cantor litúrgico y
músico)enfrente el almacén de Rabinovich y la talabartería
de Kirnos y en la otra vereda la ferretería de Borovinsky y luego
la panadería de Chernicoff.
Pero volvamos al “Once” (Teodoro Hertzel y Los Colonizadores)
en esa esquina veo las chatas playas con sus caballos atados a los palenques,
estacionadas a la espera de algún flete de “corta distancia”.
Desde ese lugar hacia el norte está la “Agencia YPF”
de mi corazón, de mi tío Valentín Goldin, donde Moisés
Roitburg tiene su taller de radios y Aldo Migliorisi, gomería y
vulcanización. Enfrente la peluquería del “Ñato”
Delgado y el “Tucán” Neiman, al lado el bazar de Safian,
la Agencia de Máquinas de coser Singer y luego la farmacia de Jaime
Resnik, enfrente el taller de Miguel Smorodinsky, maestro de artesanos,
y al lado el bazar e imprenta de Spoliansky.
Enfrente el almacén de Gueller y en la esquina donde en otros tiempos
funcionó la Agencia Chevrolet de Estegui y Gueler, está
la confitería de Antonio Lanucara.
En la vereda de enfrente la confitería y cine Palace de Arón
Leschinsky y a continuación su hotel, que llega hasta la esquina
del boulevard de pinos.
Cruzo hasta la Cooperativa Granjeros Unidos donde hay una enorme cantidad
de carritos y sulkys con sus caballos atados a los palenques de caños.
Cruzando el almacén de Bondorovsky y siguiendo hacia la Estación
del Ferrocarril, el hotel Plaza y el hotel Comercio. Vuelvo a la calle
del centro y sigo hacia el norte para pasar por el taller mecánico
de Yuño y llego a la esquina del hotel Español.
Cansado por la caminata me dirijo a casa donde la veo a mamá en
la puerta de calle esperándome para almorzar, después dormiré
la siesta y luego iré a jugar con Samy Abrashkin.
Suena la sirena. Son las doce.
GOLDIN Moisés
(Sito) - Rivera
mgoldin@rivycol.com.ar
Nota del
autor:
Han pasado algunos años desde ese día de 1939, de manera
que puedo haber omitido involuntariamente alguna empresa o artesano. De
ser así, invito a algún “joven memorioso” a
completar lo que falta en este “Recuerdo”.
Rivera
de Ayer
Rivera de hace 50 años atrás...
Mi nombre es Celia
Schejter de Binder y quiero relatar y mencionar a gente que vivieron,
trabajaron y lucharon por un Rivera pujante.
Soy hija de Ida Reznik q.e.p.d y Simon Schejter.Mi madre fue una de las
primeras hijas de inmigrantes nacida en el pueblo.Mi padre fue inmigrante
que escapo de las persecuciones en Rusia.Aprendio las profesiones de talabartero
y recibidor de granos para comenzar una nueva vida en un pueblito de inmigrantes
judios.
Naci en el Hospital Dr. N. Yarcho. Me trajo al mundo el Dr. Glik.Un joven,
recien recibido, con nuevas ideas, quien impuso que “a los ninos
no se los deben fajar como un matambre”, sino que deben estar libres
de manos y pies y moverse con soltura. Chuly Sigal y yo fuimos las primeras
en experimentarlo.
Mis hermanos fueron Ernesto Raul q.e.p.d, (mas conocido como “Sito”)
ex – gerente de la Cooperativa Electrica y Jaime Schejter q.e.p.d.
ex- gerente de Coop. Tamberos Unidos B. Hirsh.
Esta pagina se la dedico a la calle centrica y comercial T. Hertzl 149
donde vivi. Alli estuvieron ubicadas las Tiendas Blanco y Negro(Ratuchny),
Tienda Galli (Burguelnik) la Tienda de Rivkin y la Tienda de Sarachansky.Quien
de mi epoca no vistio alguna prenda de esa tienda?Los Boliches o Bares
de Oclander y Steep, se llenaban a la tardecita hasta la medianoche cuando
los Peones del Campo venian a divertirse y a tomar un trago en sus mejores
zainos y estos esperaban atados a un arbol . La Zapateria de Castaneira,
era la epoca en que se arreglaban los zapatos y estoy mas que segura que
somos muchos los que cambiamos los taquitos alli.. La Fiambreria de Schultz
y luego de Shefer se llenaba a la tardecita de los sabados y domingos
para saborear la rica mortadela El bazar de Rushansky y luego Muebleria
de Smolkin.Las Carnicerias de Plato y de Alsband despues de Politzer,la
peluqueria de Roitman yLorenzo. Las Bicicleterias de Baltian y Vita,otro
lugar muy concurrido,despues del trabajo pasaban los amigos del club,
unos de independiente otros de deportivo charlaban discutian, piropeaban
a las chicas que pasaban e inflaban las ruedas de las bicicletas que era
uno de los medios de movilizacion. .La Panaderia de Kasakevich, famosa
por la galleta,las carasucias, los bollitos y tambien centro de amigos
y comentarios.Todos los dias llegaba Cristul ,tiraba unas monedas sobre
el mostrador y esperaba recibir su pan para alimentarse. El Almacen de
Tendler y luego de Slovinsky .La ferreteria de los Hnos. Karabelnicoff.
La Bomboneria y Academia de Piano de Rebeca Alesker. Creo que todos los
de mi epoca recuerdan a la Profesora de Musica que fue Rebeca, al negocio
mas dulce del pueblo,donde tenia de todos los productos mas nuevos y finos.
La Jugueteria de Guiler. Primero fue la Confiteria de Goldberg donde se
jugaba al billar y luego El Bar “El Zorba”, somos muchos los
que pasamos horas y horas sentados con un café y una gaseosa disfrutando
de la musica, el ruido y el humo del lugar. Juancito nos recibia y nos
despedia con una sonrisa de “regresen manana” y por ultimo
tambien estuvo la unica Talabarteria de don Simon.Que calle tan comercial!Que
calle de tierra tan transitada por caballos, carros y sulkys.Que calle
que vio volar, soplar viento y polvo!
Quiero contar sobre la “talabarteria”. Un local pequeno lleno
de cueros, lonas,un mostrador lleno de agujas, lesnas,bolsas de cereales
y dos maquinas de coser.Primero sus hijos jugaron y tocaron todo,luego
sus nietos disfrutaron del lugar. Siempre estuvo concurrido por los amigos
del Shil.Quienes eran? Dolinsky, Elman, Milner,Feldman, Seltzer,Lischinsky,
Rubin, Surkin, y otros…Sentados sobre las bolsas de trigo y las
pocas sillas comentaron sus penas y alegrias.Hablaron en idish y en un
castellano gringo.mientras Shimshl como lo llamaban arreglaba las pecheras,
riendas ,bosales o cosia alguna lona se escuchaba las siguientes frases:
Nu? Cuantos milimetros lluvio en tu campo? Abroj! Cayo granizo! Aseguraste
el trigo? Cuando fumigan?Como estuvo hoy la feria? Siempre mirando al
cielo y con la esperanza que este ano sea mejor! Los horarios se cumplieron
de acuerdo a la sirena.Despues de cerrar, timbre no hubo y siempre vino
alguien que golpeaba las manos para comprar un tarrito de cereal para
las gallinas.
La sirena creo que fue unica y simbolo del pueblo.Marco la entrada y salida
de los empleados, abrir y cerrar de los comercios.La gente que venia del
campo para hacer las compras, se veia en un problema, porque no todos
tenian casa en el pueblo o un familiar donde esperar.Mi casa siempre estuvo
concurrida, no hubo almuerzo que no se agregaban otros cubiertos .Recuerdo
familias que eran ”paisanos”de mi padre pero nosotros los
sentimos como familia, como parte nuestra que compartieron con nosotros
la mesa y vinieron en carrito despues de muchas leguas de andar como Los
Chulsky, Gavinoser, Iudchak, Rubin y mis tios y primos como Reznik, Kaplan
y Gleizer.Que hicieron muchos a la siesta en un dia de semana?Concurrieron
al Bar del Centro Cultural Israelita donde jugaron unas cuantas partiditas
de domino y tomaron tes o cafes servidos por Dikerman y Kosak.
Pasaron mas de 50 anos ,muchas cosas cambiaron,muchas cosas quedaron ,pienso
que cada uno de mi decada, tal vez algunos antes u otros despues en algun
lugar de su corazoncito siente recuerdos y nostalgia del Rivera de ayer,
de hoy y de siempre.
::
Volviendo a casa
Pinceladas de Rivera
Infancia
en el campo
Cada
vez que recorro el camino del hilo y paso Carhué estoy a la espera
de imágenes conocidas. Después de Tres Lagunas, a la izquierda,
mí laguna con barrancas, que pone límite norte a nuestro
campo y que en mi infancia imaginaba como enormes acantilados bordeando
un mar que allí comenzaba. Pequeños montecitos desperdigados
en cada campo, sombras de casas hoy derrumbadas o desaparecidas que albergaron
esforzadas y felices familias, de las cuales, en su mayoría, quedamos
hijos o nietos.
El montecito del campo de Breitman, algunos kilómetros antes de
llegar al cementerio, lugar al que íbamos con Marcelo Silvershmidt
en bicicleta a fumar un “pucho”, concretando la aventura de
fumar sin ser descubierto y el deseo de crecer.
Cuando me acerco a Rivera durante el día lo veo y si es noche,
lo imagino.
Siempre, y tengo 54, me ocurre lo mismo; como soy médico me cuesta
transmitir una sensación en forma literal y lo digo como si fuera
un síntoma “transpiro y se me acelera el corazón”
Me es fácil encontrar explicación, se reconoce como pertenencia;
“es mi lugar”, y todo lo que viví en mi niñez
y adolescencia.
Mi infancia fue apacible y feliz en el campo. Los recuerdos me conmueven
cuando pienso en la actitud y posición de mis padres frente a la
vida y por ende, en el vínculo que marcó mi existencia.
Desde la simplicidad de su origen y formación, sin palabras, me
transmitieron que debía transitar por un camino de conducta ética
Para mi padre, impregnado en la cultura inmigrante, todo logro debía
estar acompañado de un esfuerzo desmedido. Hoy me encuentro analizando
mis conductas heredadas.
Me gustaba, como todo niño, medir mi altura, pero yo había
incorporado otro parámetro; medir el ancho de mi brazo con el de
mi padre. Es obvio que nunca llegué ni siquiera a la mitad, pero
ese brazo ancho simbolizó para mí el ejercicio de arar la
tierra helada a las tres de la madrugada, cosechar hasta que se perdía
el sol, acarrear bolsas en carros hasta que los caballos pedían
por un descanso.
Todo era esfuerzo conjunto con sus hermanos Burej y June.
Recuerdo el día que separaron su sociedad, que de hecho tenía
distintas parcelas. Estaban los tres hermanos en el patio de nuestra casa
en el campo, tres montículos que iban acumulando las cosas que
se podían dividir, tres baldes, seis pecheras, tres látigos,
tres…..Recuerdo las caras curtidas por el sol y por detrás,
las caras demudadas de los que desgarran parte de su historia conjunta.
Tenían mas ganas de llorar que de separarse.
No había mucho aunque bastaba para ser feliz, la imaginación
hacía el resto. Frente a nuestro campo vivía la flia. Dujovne.
Una alameda, para mí enorme, dibujaba la entrada. No puede el mejor
juguete de hoy igualar la casita que teníamos construida en la
horqueta de un árbol de la entrada.
En la casita de Hilda y Mario, era Hilda la que se encargaba del orden
y las tortas de barro primorosamente decoradas con semillas y flores de
estación.
Ir del campo a Rivera en sulky o carrito era para mí un placer.
Los jueves eran los días elegidos por los chacareros para ir al
pueblo, y la vuelta al atardecer encontraba a muchas familias que instigadas
por sus niños se prendían en carreras llenas de polvo y
risas.
El placer mayor era viajar con lluvia, una lona grande nos cobijaba a
mi hermana Nami, mi mamá Lise, mi padre y yo. La lona daba calidez
y protección, fijaba los límites de ese ámbito de
seguridad y felicidad que un niño no es proclive a perder. La canción
para dormir era el ruido de la lluvia.
La casa del campo tenía un patio al que mi madre, había
llenado de flores y canaletas de agua que abría al atardecer.
Después de cena, en verano, con todos mis primos y tíos
de capital disfrutábamos de sobremesas en el jardín. Conversaciones
trascendentes para nuestra edad, interpretación de dibujos que
hacían las estrellas, cacerías de sapos y búsqueda
de luciérnagas eran nuestras delicias.
La vieja radio grande de madera transmitía las secuelas monstruosas
e irreparables del Holocausto, la caída de Perón y la obstinada
obligación de no nombrarlo.
Muchas familias, incluida la mía, hecha en el esfuerzo del trabajo,
con un espíritu igualitario y con el sentimiento de libertad incorporado
miraban con buenos ojos el movimiento político social del este,
aunque creo que su instinto los hizo desistir antes que el muro de Berlín
se cayera.
El espíritu de grupo prevaleció en Rivera y toda su gente,
con diversidad política y religiosa, trabajó para el bien
común. Desarrollaron cooperativas, mutuales, sociedades e instrumentos
válidos para ese momento, que permitieron a Rivera tener colegio
secundario, luz, asfalto, biblioteca, centro cultural, etc.
Sólo
algunos cuadros de mi recuerdo del primario, secundario y adolescencia.
Imágenes que un buen pintor elegiría para su exposición
más importante.
Primaria
Maestros solventes en su mayoría; educadores de alma, pasibles
de un reconocimiento social y agradecimiento extremo de parte de un pueblo
que priorizó siempre la educación.
Para ese entonces ya vivía en el pueblo con mi hermana que cursaba
el secundario y cuidaba de mí. Vivíamos en una pieza grande
con una pequeña cocina y un baño externo al fondo del patio,
un suplicio en invierno. Mis padres seguían en el campo.
Mi hermana cocinaba; yo criticaba su comida hasta que ella lloraba sin
consuelo, por ende era obvio que su satisfacción pasaba por mi
aceptación. Después ambos crecimos.
Pocas cosas recuerdo como muy fuertes del primario. Estaba enamorado de
una hermosa y desenvuelta niña en primero inferior. Se llamaba
Mirta Paidún; se mudo y “nunca mas la ví”.
El sulky de los Mirensky, con el cual hacíamos los mandados para
la escuela, previo paseo por el pueblo.
Las batallas con sables fabricados de cáscara de eucalipto desprendido
en el otoño riverense, en el campito de pasto puna que se extendía
desde la Escuela Nacional hasta la usina. El fervor de la pelea era tal
que cuando me “hirieron” en la espalda, aguanté todas
las curaciones, estoicamente “había salvado la vida”.
El sabor de las flautas recién horneadas que comprábamos
en la panadería de Kasakevich frente a la escuela. El pan caliente
llenaba el bolsillo, deformando mi pantalón de frisa.
Adolescencia
Juntar estudio y diversión donde todo no dista mas de diez cuadras
fue fácil. La adolescencia traía consigo los enamoramientos
novelescos que transcurrían en un pueblo sin asfalto. Tierra y
cardos volando en años de sequía ponían el ingrediente
a las parejitas que se refugiaban en las dos plazas y en la “cancha
tenis”. ¿Qué diferencia puede haber entre un amor
en Rivera o uno en Nueva York? Solo el lugar y no era ni es relevante.
Opinen los que se enamoraron en Rivera. Ir a bailar fuera de Rivera era
necesario, la aceptación mayor y la gente no conocida.
Podíamos entrar nueve en la cabina delantera de la Ford verde de
mi padre. Se entraba a presión, como los subtes de mañana
en Bs. As. El sabor de estas salidas, inigualable.
“Zorba” era lo que el pueblo necesitaba. No sé cuantas
horas gasté en sus mesas, pero fueron muchas. Era el lugar obligado
después del girasol y lectura en “lo de Witkin”.
El cine durante la noche en la confitería de Mariano; los silbidos
enloquecidos cuando el mozo servía un café, tapando justo
el beso tan esperado o la hazaña del muchachito
Estimulados por profesores inquietos, democráticos y creativos,
decidimos refundar el centro de estudiantes secundarios.
En el pueblo todo era ebullición, los jóvenes acompañábamos
a nuestros mayores e íbamos adquiriendo independencia. Nos educábamos
en libertad. Ello agudizó nuestro sufrimiento en épocas
de futuras dictaduras.
Teníamos charlas, buen cine, debates, biblioteca con excelentes
libros, conferencias, grupos de estudio, teatro, etc.
Secundaria
Recuerdo a mi rector del secundario, Dr. Rolla. Tengo la imagen de su
actitud adusta y severa, detrás de un gran bigote y un corazón
gigante, encabezando a nuestros padres en un escuadrón de búsqueda
cuando en cuarto año los varones nos hicimos “la rata”
en el patio vecino a la escuela.
Profesor Catalano recién llegado a Rivera (sin Sarita todavía)
incómodo y rojo en el aula por las posturas provocativas de mis
compañeras más desarrolladas a las que teníamos que
pagar con una “bidú cola”
Recuerdo al Dr. Jaimovich en particular; su geografía estudiada
con frases acuñadas como clásicas, que era necesario recordar
para conseguir su aprobación (temperatura y altura).
Cursaba sexto año de medicina, cuando mi tío Froique Traiber
estaba muy enfermo en Rivera. Cuando lo visito, me encuentro con mi profesor
de geografía y le pregunto por la salud de mí tío.
La explicación científica al futuro colega fue “el
hígado trabaja, trabaja y trabaja tantos años que al final
se cansa”
Transmití estos conceptos a la cátedra de clínica
de la Univ. De la Plata y cada vez que abordaban insuficiencia hepática
decían, “que explique Blejman”. El mejor de los recuerdos
de mi profesor con esa personalidad tan particular que logró alimentar
el rico anecdotario riverense.
Recibir información histórica, política y social
del país y del mundo durante 4to y 5to año fue un placer.
El programa docente podía ser modificado por una inquietud o una
noticia. Peti Dorensztein fue un lujo para nuestra etapa de desarrollo
y crecimiento. Jugábamos a reconocer título, orquesta y
cantante de los tangos que pasaban después de las 17 por la propagadora
y a que explicara un tema, mientras escribía algo coherente simultáneamente.
Eran horas de adicción sin escuchar timbres de recreo.
Pasó mucho tiempo y ya olvidé las reglas de una redacción
adecuada. Deseo que Ade Alcayaga lea estos recuerdos que estoy escribiendo
con el corazón y posiblemente incurra en algunos errores que ella
corregirá con aquella actitud severa pero maternal.
Tengo mil anécdotas pero son vivencias personales que involucran
a gente de un período. Solo relaté algunas con la finalidad
de motivar a revivir el pasado, desempolvar los recuerdos y preparar a
disfrutar este próximo encuentro.
Pertenecer es una vivencia propia, única, personal, y cuando fue
hermosa, inigualable.
Podemos hacer que nuestros familiares y amigos compartan esta vivencia,
se sensibilicen, sientan satisfacción y comprendan que estamos
compartiendo con ellos algo muy preciado.
En ocasión de la fiesta pasada del secundario, en el acto en el
cual el Dr. Shatsky rememoró la historia del pueblo y del colegio
e insistió en la necesidad de tener un país con pueblo educado,
pude ver a través de mis lágrimas que uno de mis hijos,
nacido en Bs As, lloraba. Pensé que había logrado transmitir
mis vivencias.
Verano
pasado-Mi Padre
Al atardecer estoy sentado con mi padre (86 años) frente a la puerta
de mi casa en Rivera.
Pasan autos y gente caminando, muchos saludan, algunos me reconocen.
Mi padre conoce en detalle la historia de casi todos los que se acercan.
El nació en Rivera en 1917, en casa de recién emigrados,
sus padres, dos hermanos y una hermana mayor, Berta, casada más
tarde con Francisco Traiber.
Su cuerpo está débil y se mueve con dificultad pero el recuerdo
es ágil y muchas veces el detalle de lo pasado muy exhaustivo.
Sus silencios me inquietan y me intrigan. Le pregunto ¿En que estás
pensando? En nada-me contesta-y no le creo.
Estoy seguro que muchas veces en el día la película transcurre.
Pensará
en su infancia dolorida cuando a los 5 años su madre fallece y
quedó al cuidado de su hermana.
En los años
adolescentes trabajando de peón con sus hermanos en la estancia
Arano, ya que las 75 hectáreas asignadas inicialmente por el Barón
Hirsch no alcanzaban.
Su deseo de
seguir estudiando y la imposibilidad económica y práctica
de hacerlo.
El dolor de
ver desalojos de amigos, casi familia, por no poder pagar el arrendamiento
a una administradora que había heredado el mandato del filántropo
pero ya no tenía sensibilidad con la gente de campo.
En su familia
ya constituida y feliz.
En sus años
de cooperativismo activo, cuando este medio permitía la defensa
de su producción, el desarrollo del más pequeño,
comer un año a sola firma ante un fracaso, etc .
La tristeza de ver la declinación y caída de aquello que
estimulaba y ocupaba parte de su vida comunitaria.
En sus años
de dedicación abnegada al cuidado de mi madre, afectada de una
enfermedad irreversible.
En su satisfacción
y alegría cuando me recibí, cumpliendo así su sueño
tan relacionado con el espíritu de progreso del inmigrante.
En sus nietos
y bisnietos para los que tiene actitudes poco demostrativas, pero a los
que quiere mucho, sin duda.
Es mi deseo
que él sepa que, para nosotros, su vida ha sido trascendente. Como
dice Harold Kushner en su libro Cuando nada te basta: “solo tienen
paz los que comprenden que su vida ha sido trascendente y ello no tiene
que ver con los bienes materiales”
Un abrazo fuerte a todos los riverenses
Bernardo Oscar Blejman (Dito)
Mail:
oblejman@hotmail.com
Fax: (011) 4959 - 0476 (Bs As)
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El Robin Hood Judío de Las Pampas
Por Jorge L. Lipschitz
Nota: Las presentes
son transcripciones. Para
ver copias de los documentos originales, haga click aquí.
1964, Año
de las Bodas de Diamante de la Colonización Judía en la
Argentina
Fue allí,
en medio del bullicio del andén bonaerense, que escuché
por primera vez ese nombre. El tren que habría de llevarme a Rivera,
estaba próximo a partir.
Era extraño. Había escuchado muchas historias, acerca de
la heroica colonización judía en tierras sudamericanas,
pero el magnetismo del nombre “Shmil Gaucho” me hizo comprender
en un instante que era aquel un capítulo nunca hasta hoy escrito
en las crónicas de la vida judía en la Argentina.
Ojos entrecerrados, una expresión melancólica y recuerdos
que deben remontarse con una nostalgia indecible hasta principios de siglo...
Aquella viejecita que hoy habla de “Shmil Gaucho”, tenía
12 años en aquel entonces... ¿Quién era? ¿Qué
ocurrió con este extraño personaje? Esto sólo lo
supe más tarde.
El tren devoraba distancias y nos internábamos más y más
en la región sureña de la provincia de Buenos Aires.
Entre los refugiados de los pogroms y las cruentas matanzas europeas llegaron
a estas tierras todo tipo de judíos, pero un hombre como “Shmil
Gaucho” fue un fenómeno que no volvió a darse en la
región. La historia, injusta a veces, pero inexorablemente, borra
con el tiempo los rastros de una época en la que los vientos de
la pampa mesaban con idéntico vaivén las doradas espigas
de los campos, los blancos flecos del “talit” y las susurrantes
hojas del ombú. Los habitantes de la región olvidaron el
nombre de ese judío rubio y fornido a quien se acostumbraron a
llamar, rodeando su figura con un místico hálito de respeto:
“Schmil Gaucho”.
Samuel era un muchacho joven y fuerte. Tenía un hermoso caballo
negro. Un corcel endiablado, más veloz que el viento, al que sólo
podía montar el. Samuel era un ladrón de ganado pero no
un simple cuatrero como los muchos que asolaban la región. Samuel
robaba sólo a los ricos y repartía entre los pobres el “fruto
de su trabajo”...
Estaba al frente de una banda de rusos blancos y el, el único judío,
era el jefe. Entre las normas de su gente había impuesto una, y
obligaba a acatarla: estaba terminantemente prohibido robar a los humildes
colonos de la Jewish Colonization Association (JCA).
Samuel tenía una voz suave, agradable, y por las noches se escuchaba
tararear viejas melodías judías en los ranchos de la zona.
Las muchachas criollas que habían aprendido de Samuel la tonada
lo recordaban, melancólicamente, cantando en las noches de luna
en las pampas infinitas. Porque las jóvenes habían hecho
de Samuel un adalid, y el rubio bandolero tenía una mujer y la
puerta de un rancho abierta en cada pueblo de la región.
Ni siquiera la policía se atrevía a perseguirlo, y sus hombres
lo respetaban , pero abrigaban en su fuero interno un odio salvaje a Samuel.
Lo odiaban porque era judío, y esto lo sabía muy bien “Shmil
Gaucho”.
Samuel acostumbraba a ayudar a las familias judías recién
llegadas al lugar y que aún no hablaban castellano, su ídish
era refinado y utilizaba frases que hablaban de una instrucción
prolija y esmerada. En muchas oportunidades el ladrón de ganado
tuvo que ser el “décimo hombre” para el “minián”
y demostró saber rezar y hacerlo con una extraña unción.
La anciana sonríe y continúa su relato no sólo para
mí, sino para todos aquellos que se han acercado a escucharla.
Muchos viejitos asienten con la cabeza en tanto que, matizada por expresiones
en ídish, la historia continúa.
El próximo golpe de la banda habría de ser el robo de una
caballada a un rico estanciero de la zona. Estaban sentados en derredor
del fogón, el mate circulaba de boca en boca y se hablaba de la
parte que tendría cada uno en el botín.
En ese instante uno de los cuatreros contó que había robado
aquella tarde la yunta de un colono judío y que el hombre con los
ojos llorosos, en vez de defenderse, había preguntado: “¿Por
qué me robas?”
Samuel le ordenó devolver lo robado, el otro se negó . la
hoja del facón brilló en la noche y, en tanto que los dos
hombres se trenzaban en duelo, un lazo silbó en la oscuridad...,
y otro..., y otro... “Schmil Gaucho” cayó al suelo
enlazado, hecho un ovillo, sin dejar de defenderse contra la bando toda,
que se le tiraba encima con las dagas desenfundadas. Antes de expirar
alcanzó a escuchar entre los insultos, la palabra “judío”.
El cuerpo destrozado fue encontrado en medio del campo y enterrado en
el lugar por unos peones. Pero en las noches de luna, durante mucho, muchísimo
tiempo, las muchachas criollas tarareaban melancólicas tonadas
hebreas esperando, con apasionada impaciencia, al rubio cuatrero judío,
al “Robin Hood” de las pampas argentinas.
Buenos Aires, 22 de mayo de 1964
Sr. Israel
Dorensztein
Secretario de Cultura de la Comunidad Israelita,
Rivera. Pcia. De Buenos Aires
Querido amigo:
Hace algunas semanas estuve en Bahía Blanca y tuve oportunidad
de encontrar en parte, “las huellas perdidas” del matrero
judío “SHMIL GAUCHO” cuya historia continua siendo
para mi un misterio que quisiera descifrar... en esa oportunidad recordé
nuestras conversaciones acerca de los problemas que la falta de material
judío de nivel universitario trae a las diferentes comunidades
y en especial a la de RIVERA, que con tanto cariño recuerdo.
Hace un tiempo habían entregado tu dirección a fin que te
sean enviadas las “hagadot” para la fiesta de Pessaj, que
me habías preguntado por carta, quisiera saber si te han llegado.
En esta oportunidad te envió los tres últimos números
de “MAJSHAVOT”, la revista filosófica-literaria judía,
que había mencionado durante mi estadía en esa y que espero
te interese. Con gran alegría escuche también en Villaguay,
E. Ríos, que vuestra cosecha había sido este año,
magnifica, me imagino se podrá así terminar el nuevo CENTRO
ISRAELITA, sin mayores problemas.-
Sin otro particular, y a la espera de noticias tuyas, se despide de ti,
un amigo.
Jorge L. Lipschitz
P.D. De más
está decirte que si vienes a Bs. Aires me gustaría charlar
contigo personalmente.-
Nota: Toda
aquella persona que desee compartir anécdotas puede comunicarse
con nosotros a la siguiente dirección de correo electrónico:
centenariorivera@rivycol.com.ar
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